Ultras: la demonización de la clase obrera


Gradas del FC United of Manchester / MATTHEW WILKINSON

La violencia en el fútbol y la utilización por parte del fascismo de algunas gradas como centros de operaciones son fenómenos siempre preocupantes. Para comprender lo que sucede y afrontarlo hay que analizar el fútbol, su cultura, y evitar meter en un gran saco clasista a ultras, hooligans, hinchas, fans, fascistas, antifascistas… para finalmente señalar a la pasión en las gradas como culpable.

Según recoge la Ley del Deporte, está prohibido beber alcohol en el fútbol. Pero aunque no lo especifica, porque estaría feo ponerlo por escrito, en la práctica hay un condicionante: no puedes beber alcohol si eres del populacho, si perteneces a las élites no hay problema. O eso se deduce, porque en los palcos, hábitat natural de las personas que menos aman el fútbol pero que más tienen en juego en torno a él, los gin-tonics vuelan.

La violencia en el fútbol es tan vieja como el propio fútbol. Esto no la justifica, sino que obliga a analizar sus orígenes para comprender el fenómeno más allá de explosiones puntuales. El nacimiento de este deporte en la época industrial, en plena construcción de la tradicional clase obrera, condiciona completamente la cultura que lo rodea. Esa cultura de la clase obrera industrial comienza a impregnar el comportamiento de los hinchas (y de los propios futbolistas), una cultura hegemónica no tan distinta de la que podíamos ver en los primeros sindicatos, donde se mezclan el espíritu comunitario, la lealtad, la solidaridad o la honradez, con el contrapunto del tradicional machismo o ciertas maneras agresivas. Tras la II Guerra Mundial, y en España más concretamente durante el desarrollismo, el balompié se convirtió en algo tan masivo que las élites económicas y políticas trataron de instrumentalizarlo.

En las décadas posteriores esta oligarquía decidió que las clases más humildes habían perdido el derecho a disfrutar de su pasión, y llegaron las entradas caras, la obligatoriedad de estar sentado o la videovigilancia. Que Margaret Thatcher fuera la pionera de esta ingeniería social represiva hace sospechar que no fueron unas inocentes medidas de seguridad, como la privatización de las empresas públicas británicas no fue una simple medida de eficiencia. Porque la violencia en el fútbol era un gran problema de orden público, e incluso sigue siéndolo en algunos países, algo a lo que hay que poner solución pero sin utilizarlo como excusa para echar del estadio a los aficionados y su cultura de grada.

FASFE, la potente federación de asociaciones de aficionados españoles, afirma que “las políticas contra la violencia y la intolerancia en el deporte deben estar guiadas por los principios de educación, prevención, respeto a los derechos fundamentales y la cultura de grada de las aficiones”. Tanto ellos como Football Supporters Europe, organización similar pero a nivel europeo, demandan que, para acabar con la violencia en el fútbol y con las llamadas “ideologías del odio”, las soluciones vayan por otro camino.

En los países futbolísticamente más avanzados (la Alemania de la última década es el mejor ejemplo), la intolerancia y el fascismo son líneas rojas que nadie puede sobrepasar. Al igual que hacen allí, la Federación Española de Fútbol y los clubes deben posicionarse clara y militantemente contra el racismo, la homofobia, la xenofobia, el fascismo y cualquier otra forma de discriminación. También deben fomentar la participación democrática de los hinchas en el propio club, evitando así que gestores con intereses ajenos
vendan su alma a grupos violentos que les sostengan en el poder. La lucha contra la discriminación no debe ser percibida como una cuestión política, debe ser una cuestión de normalidad asumida por todos, sin connivencias, y entendiendo el fútbol como el elemento integrador que es.

Gentrificación del fútbol

Owen Jones, en su libro Chavs: la demonización de la clase obrera (Capitán Swing, 2012), dedica un par de
páginas al fenómeno de la gentrificación del fútbol en Inglaterra: la sustitución de la hinchada de clase trabajadora por los clientes de
clases medias. Ahí incluye unas declaraciones de Terry Venables (exentrenador del F.C. Barcelona y de la selección inglesa): “Sin querer
parecer clasista o desleal a mis orígenes de clase trabajadora, es probable que el aumento en el precio de las entradas excluya al tipo de gente que está dando mala fama al fútbol inglés. Hablo de los jóvenes, en su mayoría
de clase trabajadora, que aterrorizan los campos de fútbol, los trenes, los ferris y los pueblos y ciudades por toda Inglaterra y Europa”.

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