China está metiéndose en el juego político de las súperpotencias [Clásicos]


MAO
China está metiéndose en el juego político de las superpotencias
China se declara a favor del Mercado Común Europeo y de la «Europa Unida» y los apoya.

¿Cuál es el objetivo estratégico de China? ¿Se apoya este objetivo en los principios marxista-leninistas? Para definirlo, debemos definir los propios objetivos de estos organismos que defiende o apoya China.

El Mercado Común Europeo, cuando se creó, tenía por objetivo desarrollar las relaciones económicas y comerciales entre sus miembros, que al principio eran 6 y después 9. El objetivo de esta institución era aportar el máximo beneficio a la burguesía capitalista de cada país miembro, así como reforzar la economía capitalista de cada Estado en particular y de todos ellos en general. Naturalmente, junto con el arreglo del problema de las tarifas aduaneras, se ordenaron toda una serie de cuestiones como el problema de los precios, los problemas monetarios y otros concernientes a las relaciones bilaterales y multilaterales.

Al principio, el Mercado Común Europeo no podía por menos de tener en cuenta la poderosa economía estadounidense y de coordinar su paso, aunque pretendía presentarse como independiente del imperialismo estadounidense. Este último, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, gracias a las «ayudas» que concedió a Europa Occidental, contribuyó a su recuperación económica, pero en ningún momento se olvidó de sus intereses, que eran y continuaron siendo considerables en esta zona. Por lo tanto, con la creación del Mercado Común Europeo, continuaron, por un lado, los esfuerzos del imperialismo estadounidense para dictar a este organismo su política económica y, por otro, los esfuerzos de los miembros del Mercado Común Europeo para liberarse de la tutela estadounidense. Surgieron contradicciones, que se han ido profundizando.

La llamada guerra fría encubría en cierto modo estas contradicciones, porque los miembros del Mercado Común Europeo, incluso si comenzaban a mostrar seriamente su voluntad de independizarse en lo económico, desde el punto de vista de la defensa estaban obligados a vivir bajo el paraguas atómico estadounidense. Como es lógico, los Estados Unidos supieron explotar a su favor el miedo que suscitaba en los países del Mercado Común Europeo una guerra con los soviéticos.

La traición de los jruschovistas alejó el temor de la burguesía capitalista a la revolución y al comunismo, ayudó al capitalismo mundial y le permitió respirar. La traición jruschovista dividió a las fuerzas revolucionarias en todo el mundo, alejó la revolución proletaria, favoreció las manifestaciones nacionalistas y le dio a la burguesía capitalista el tiempo y la posibilidad de fortalecer sus débiles posiciones internas a costa de la revolución proletaria y de iniciar otras acciones y combinaciones entre los Estados en la arena internacional. Los jruschovistas socialimperialistas, inflados por sentimientos nacionalistas, aspiraban a transformar la Unión Soviética, un Estado socialista, en una superpotencia nuclear imperialista y se pusieron manos a la obra alcanzando este objetivo. Aparecieron así dos superpotencias que compiten por la hegemonía mundial. La ley de ambas, es decir, de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, es la ley de la guerra de rapiña, la ley de esclavización de los pueblos.

Esta ley va acompañada de la materialización de «alianzas» monstruosas, de la conquista enmascarada de los puntos estratégicos a utilizar para preparar la guerra, del rearme hasta los dientes y del aumento de los arsenales atómicos, que se modernizan día a día; dicha ley va acompañada del saqueo y la absorción económica y política de numerosos Estados utilizando la intimidación, los chantajes, los créditos, las «ayudas» y la subversión.

En estas situaciones coyunturales, Europa Occidental se armó de coraje. La Francia de Charles De Gaulle desarrolló una política más independiente respecto a los estadounidenses y en general respecto a los anglosajones. De Gaulle abandonó la OTAN, respetando solamente el pacto. A buen seguro, De Gaulle soñaba con un Mercado Común Europeo y con una «Europa Unida» donde, sin desatender a la Alemania Occidental de Konrad Adenauer, fuese Francia quien dominase. De Gaulle estaba animado de un vivo nacionalismo, cosa que exigía también a sus otros socios, pero a condición de que canalizasen este sentimiento a través de una Europa tal como él la soñaba. Naturalmente los objetivos de De Gaulle eran irrealizables, porque sus socios tenían sus propios objetivos, sus fines y sus temores. Estos Estados no concebían de igual forma el papel de los Estados Unidos en Europa y en el mundo. Alemania Occidental, en primer lugar, actualmente separada de la otra, prefiere hacer algunas concesiones a los Estados Unidos en otros campos, que seguir el camino de Francia de renunciar a la defensa estadounidense. La Alemania Occidental y sus socios no aprecian el «potencial atómico» ni de Francia ni de Inglaterra, incluso ni el de Inglaterra y Francia juntas. Piensan que esta fuerza es «enana» frente al potencial atómico soviético o estadounidense.

Todas estas potencias imperialistas, tanto si se trata de las dos superpotencias como de la «Europa Unida» o de Japón, aspiran a la hegemonía. La «Europa Unida», desde que comenzaron la grave crisis del dólar y las derrotas militares estadounidense en el Sudeste de Asia –Vietnam, Camboya y otros lugares–, ha empezado a reforzar sus posiciones políticas internas y aspira a más, es decir, a convertirse, como organismo aparte, en una nueva superpotencia capitalista e imperialista. Esta es pues la «Europa Unida» que estimula y sostiene la China de Mao Zedong. Esta es la «Europa Unida» que impulsa y sostiene Francia, la de Valéry Giscard d’Estaing como de Georges Pompidou, que no sólo se esfuerza por conservar y desarrollar su potencial nuclear, sino que, bajo el hábito del neocolonialismo, ha comenzado a reactivar su vieja política colonialista en el África francófona, en el Oriente Medio y en el Extremo Oriente. Su fuerza económica no le permite competir con los demás, pero lo hace en la medida de sus posibilidades. La actitud de Francia respecto a los Estados Unidos ya no es la de los tiempos de De Gaulle y Pompidou. Ahora esta actitud es un poco más blanda, pero, no obstante, conserva un elemento de independencia. También Inglaterra intenta en cierto modo recuperar su pérdida de influencia económica en los países de la Commonwealth, mientras que Bonn interviene económicamente en Europa Central, en los Balcanes –excepto Albania–, en Turquía y en todas las zonas donde puede hacerlo.

Todos estos esfuerzos suyos pueden acrecentar su potencial económico común, que debe ser un factor para convertirse en una superpotencia. Pero, para convertirse en una superpotencia no es suficiente este solo factor. Esta «Europa Unida» carece del potencial nuclear de las dos superpotencias. Por otro lado, en esta «Europa Unida» existen grandes contradicciones políticas y económicas entre los Estados que la constituyen, y son de tanta importancia que ni en varios decenios logrará alcanzar el potencial económico y militar de los Estados Unidos.

En muchos aspectos, los «Estados Unidos de Europa» no se parecen a los Estados Unidos de América. Es difícil que estos Estados europeos sean asimilados, como lo fueron los del continente americano que constituyeron los Estados Unidos de América. Cada Estado europeo tiene su personalidad como nación históricamente formada a través de los siglos. Cada uno de ellos posee su propia historia, un desarrollo social, económico y cultural diferente del de los demás. Cada Estado europeo capitalista o revisionista encierra fuertes contradicciones de clase, que hacen difícil no sólo la unidad externa, sino también la interna.

Por consiguiente, sostener, como hace China, una vía del capitalismo europeo, que aspira a la hegemonía, que aspira a convertirse en una superpotencia, no es correcto desde el punto de vista de los principios. Actuar así, significa dejar en el olvido el camino de la revolución y meterse en el juego político de las dos superpotencias, luchando y maniobrando desde sus posiciones políticas, sobreestimando sus maniobras en la coyuntura creada por sus mismas contradicciones, y subestimando la revolución proletaria mundial, subestimando la lucha de los pueblos contra las superpotencias y los Estados capitalistas burgueses. China se equivoca cuando predica que «el enemigo principal es la Unión Soviética y que los Estados Unidos son menos peligrosos». Es verdad que los Estados Unidos han sufrido derrotas, pero continúan siendo una potencia imperialista. Debilitar la lucha contra ellos, significa debilitar la revolución y ayudar al imperialismo estadounidense. Los chinos volverán a cometer el mismo error si a los Estados Unidos les «crecen de nuevo los dientes», pues entonces comenzarán a decir que «la Unión Soviética es menos peligrosa y que los Estados Unidos se han hecho más peligrosos». China se equivoca cuando adopta actitudes quijotescas respecto a la vieja Europa de los capitalistas, supuestamente porque servirá de contrapeso a los soviéticos por un lado y a los estadounidenses por otro, pensando que «sacará ventajas» por el hecho de apoyar a la «Europa Unida».

Las contradicciones entre los imperialistas deben ser profundizadas y explotadas en nuestro beneficio, pero sólo desde las posiciones de clase, desde las posiciones de la revolución proletaria. China no hace esto, sino justamente lo contrario, al decir a los pueblos de Europa, de América y del «tercer mundo»: «apoyad a vuestra burguesía capitalista e imperialista, porque el enemigo principal es el socialimperialismo soviético». Se trata de un camino que no es leninista, que no impulsa la revolución, sino que defiende el mismo oportunismo que defendió la II Internacional, la cual fue desenmascarada por Lenin. Nosotros, por lo tanto, no podemos aceptar esta estrategia y esta táctica de China. Para nosotros la lucha principal contra las superpotencias imperialistas y el capitalismo mundial es la lucha de los pueblos, la lucha de los proletarios, es la revolución proletaria mundial. A través de este prisma y sosteniendo estas justas luchas debemos maniobrar y aprovechar las coyunturas, ayudando a profundizar las contradicciones.

Las contradicciones y las crisis en el seno del imperialismo, del socialimperialismo y del capitalismo mundial tienen su origen en la opresión de los pueblos por los capitalistas y en la lucha que llevan a cabo estos pueblos contra la opresión y la explotación capitalista. Entonces, ¿debemos estimular y sostener la lucha de los pueblos contra los capitalistas, o ayudar a estos últimos a fin de que maniobren para cebarse y trabar guerras contra tal o cual imperialista, diciendo a los pueblos: «id a destrozaros por mí»? Los marxista-leninistas deben impulsar, ayudar y unir sus fuerzas a la lucha de los pueblos, a la lucha de los proletarios contra las superpotencias imperialistas y el capitalismo mundial. Este es el camino que ha seguido y que seguirá nuestro Partido del Trabajo de Albania.

En este sentido, la política exterior errónea de Mao Zedong da la impresión de ser simplista. Con esta política, los chinos, lejos de partir de posiciones de clase proletarias, marchan, si bien no lo dicen e incluso lo niegan de palabra, por el camino de una gran potencia. China no es una superpotencia, pero su influencia en los asuntos mundiales es y puede ser considerable. China puede jugar y jugará un papel en el mundo siguiendo uno de estos dos caminos: o el camino marxista-leninista, el camino de la revolución, o el camino burgués-capitalista, con un nuevo matiz revisionista. Solamente militando en el camino marxista-leninista revolucionario, China se ganará la confianza de los pueblos, los cuales quieren la revolución y combaten por ella.

China se esfuerza actualmente por convencer a los países capitalistas de que «el peligro para ellos procede de la Unión Soviética». ¡China cree que enseña algo nuevo a los capitalistas del mundo! Pero los capitalistas tienen por enemigo principal al comunismo y a la revolución. En caso de que China marche por el camino revolucionario, su frase de que «la Unión Soviética revisionista es el enemigo principal», lejos de convencer a nadie, hará que todos los capitalistas, de no importa qué color, dirijan sus golpes contra China. Si ahora no tienen miedo de China es por varias razones: o bien porque China es comunista sólo de palabra y no de hecho, o bien porque todavía es débil económica y militarmente, o bien porque constituye un factor antisoviético que quieren utilizar hasta el fin para debilitar la agresividad de los soviéticos contra ellos.

La política de ambas partes, chinos y estadounidenses, tiene por objetivo combatir a la Unión Soviética, pero mientras los chinos quieren lanzar a los estadounidenses contra la Unión Soviética, los Estados Unidos y sus aliados quieren lanzar a China contra la Unión Soviética. Las dos partes desarrollan este chassé-croisé [tira y afloja: Anotación de Bitácora de un Nicaragüense] partiendo de las mismas posiciones y con las mismas esperanzas. Sólo que la Unión Soviética no se queda con los brazos cruzados. Trata de evitar la guerra con los Estados Unidos, dominar a los pueblos que ella misma puede oprimir, desmantelar la alianza de la OTAN, aislar a China y, en lo posible, someterla. E intenta realizar todos estos objetivos bajo la máscara del socialismo.

El capitalismo mundial, y en particular el capitalismo europeo, ha pasado por una serie de guerras mundiales, que han tenido su origen en su propia naturaleza feroz. Así la «Europa Unida» o la Francia de Valéry Giscard d’Estaing, o Alemania Occidental no se dejan arrastrar fácilmente por la política de Chou En-lai y Deng Xiaoping. El hecho de que Deng Xiaoping se lo susurre al oído, no hará que se lancen a la guerra contra los soviéticos. No, intentarán evitar el enfrentamiento con la Unión Soviética, mientras consideren que es más fuerte que ellas, intentarán minar la ciudadela desde dentro, y sólo después prepararán el ataque. Todos, los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, la República Federal de Alemania, etc., se esfuerzan por debilitar a la Unión Soviética, por debilitar sus alianzas con Polonia, Rumanía, Checoslovaquia, etc., pero para ello no siguen el camino que les quiere marcar China.

Los viejos lobos conocen de sobra las tácticas de ataque, y por ello es difícil conducirlos a los senderos que a uno le convienen, porque ellos mismos han aplicado y aplican este género de planes, y precisamente contra China. Es seguro que el presidente francés ha hecho oídos sordos al cuento del «peligro soviético». Seguramente Valéry Giscard d’Estaing ha dicho a Deng Xiaoping que Francia desea desarrollar relaciones amistosas con China, pero no en contra de la Unión Soviética, porque quiere evitar un conflicto con ella.

Por otra parte, los Giscard y compañía ponen indirectamente a Deng Xiaoping contra los soviéticos para que les saque las castañas del fuego y se limitan a hacer de simples espectadores.

La burguesía europea es una vieja zorra. Es experta en todo tipo de astucias e intrigas. Sólo la lucha revolucionaria del proletariado y de los pueblos la hace entrar en razón. Sobre este terreno de lucha se desenmascara, se bate en retirada y pierde su poder de intrigar y maniobrar. Sobre este terreno China debe luchar, y debe partir del principio de que el reconocimiento diplomático y el comercio con los países capitalistas de Europa estén al servicio de una sana estrategia revolucionaria, y no tratar de empujar a Europa Occidental contra los soviéticos. En otro tiempo, Inglaterra y Francia han seguido este camino erróneo, el mismo que ahora sigue China, empujando a Hitler contra la Unión Soviética y a la Unión Soviética contra Alemania. Nosotros sabemos cuáles fueron los resultados de esta maniobra. Stalin no cayó en estos errores, tampoco se alineó con las posiciones de los anglo-estadounidenses ni con las de los hitlerianos.

Permaneciendo en firmes posiciones revolucionarias, se puede al mismo tiempo explotar mejor las contradicciones existentes entre los enemigos y debilitar en primer lugar a los más peligrosos, pero sin olvidar tampoco a los que de momento pueden ser débiles, pero pueden reponerse. Si se analizan los acontecimientos y las situaciones desde posiciones revolucionarias, se ve claramente que en la lucha contra el capital no se tiene como apoyo un factor coyuntural, sino un potencial muy poderoso y muy firme, el proletariado de cada país y el proletariado internacional en su conjunto, así como los pueblos que quieren la libertad y la revolución. Es necesario hacer la revolución luchando a la vez contra los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Enver Hoxha, 1975

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