Lecciones de la guerra del pueblo español (1936-1939)


Lecciones de la guerra del pueblo español (1936-1939)
Durante tres años aproximadamente el pueblo español estuvo empeñado en una lucha sangrienta, peleando con las armas en la mano por defender la independencia de su país y los derechos sociales que tan arduamente había logrado conquistar. Durante casi tres años el pueblo español combatió heroicamente y soportó grandes sacrificios. Pero fue derrotado. Sin embargo, la derrota no es sino temporal. A pesar del terror sangriento reinante, la dictadura de la burguesía y de los terratenientes reaccionarios que ahora gobierna a España, no puede hacer desaparecer las causas que llevaron a la lucha al pueblo español; no puede apaciguar el odio que siente el pueblo español por este régimen opresor y reaccionario. La clase obrera, el campesinado y los trabajadores españoles en general, así como los pueblos oprimidos de Cataluña y Euskadi, han vivido días más felices; ya saben lo que es vivir sin grandes capitalistas y terratenientes. El pueblo español está librando una batalla bajo nuevas condiciones; está juntando y reuniendo sus fuerzas, se está preparando para emprender nuevas batallas, una vez vencidas las dificultades de la situación actual.
La guerra justa del pueblo español constituyó uno de los más importantes y sobresalientes sucesos dentro del movimiento internacional por la emancipación de las masas trabajadoras desde los tiempos de la revolución socialista victoriosa en Rusia en octubre de 1917. Ha enriquecido a la clase obrera y a los pueblos oprimidos de los países capitalistas y las colonias con valiosas experiencias para la lucha contra la reacción interna y externa, en contra de la coerción, la opresión y la explotación.
La revuelta militar y la lucha armada del pueblo español en defensa de la libertad y la independencia
Después de la victoria del pueblo en las urnas electorales el 16 de febrero de 1936, los partidos políticos pequeño burgueses y el Partido Socialista Obrero Español no tuvieron ni el valor ni la habilidad necesaria para emprender la ofensiva contra las fuerzas de la reacción. La contrarrevolución se aprovechó en todo lo que pudo de las vacilaciones, la debilidad y la cobardía de estos partidos y alzó su cabeza facciosa, buscando evitar que se extendiera el movimiento revolucionario a todo el país.
El 18 de julio estalló un motín provocado por una sección de la camarilla militar que representaba los intereses de la reacción semifeudal, de los grandes terratenientes, de la jerarquía eclesiástica, la oligarquía financiera y la reacción extranjera. Su objetivo era claro: querían obtener lo que los reaccionarios no habían podido lograr en la revuelta del general Sanjurjo en 1932, la abolición de la República española, la supresión de las libertades nacionales de los catalanes y los vascos, la anulación de las conquistas políticas, económicas y culturales de la población trabajadora, la restauración completa del poder y los privilegios de los terratenientes, de la jerarquía eclesiástica y de los grandes capitalistas, y por último, el establecimiento de un régimen reaccionario y una dictadura terrorista.
Las masas trabajadoras, el pueblo español, se lanzaron al campo de la resistencia armada. Esta guerra civil, como se la llamó, pronto se transformó en una guerra por la defensa de la independencia nacional y los derechos políticos de los pueblos de España, en una guerra por la protección y extensión de las conquistas sociales y culturales del pueblo trabajador.
En el proceso de esta lucha el pueblo español sufrió un cambio profundo, así como también la vida económica y política del país, que había comenzado a andar por la ruta del progreso.
En los campos de España se efectuó una verdadera revolución allí donde los campesinos gemían a causa de la servidumbre a la que los tenían sometidos los señores semifeudales. Más de cuatro millones de hectáreas de tierra fueron confiscadas a los terratenientes, a la Iglesia y los monasterios, y entregadas gratuitamente a los campesinos. Las deudas de los campesinos fueron anuladas y se les proporcionó crédito, semillas y maquinaria agrícola.
La clase obrera obtuvo considerables aumentos de salario; fueron aprobadas leyes de protección al trabajo. Los obreros tomaron parte en la administración de las fábricas y las ramas más importantes de la economía nacional.
La clase obrera se convirtió en la más fuerte potencia del país y garantizó la reconstrucción de la vida económica nacional, que había estado al borde de la ruina a causa de la revuelta contrarrevolucionaria.

Durante la guerra los pueblos de Cataluña y Euskadi consolidaron y desarrollaron sus libertades nacionales. En lugar del antiguo ejército, que no había sido sino un instrumento de la reacción, se formó un verdadero ejército del pueblo para proteger los intereses populares. Las mujeres adquirieron iguales derechos que los hombres y empezaron a tomar participación activa en la vida política y económica del país.
La juventud conquistó oportunidades de educación y de ejercitarse para un futuro en un país libre e independiente. La cultura dejó de ser un privilegio de clase. Las escuelas y las universidades abrieron sus puertas al pueblo.
Todo el trabajo constructivo de la España Republicana y todas las conquistas sociales que se obtuvieron durante el período de la guerra descansaron principalmente en la alianza de la clase obrera con el campesinado y la pequeña burguesía urbana; unidos bajo la bandera del frente popular.
El frente popular, que se creó como un resultado de la experiencia obtenida en la lucha armada de octubre de 1934, aumentó la conciencia del pueblo español en su propia fuerza, elevó el nivel político de las masas hasta una altura nunca alcanzada e indujo a nuevas capas, de la población a unirse a la guerra nacional-revolucionaria por la defensa de la República. La creciente complejidad de la situación interna y externa durante este período confirmó la correcta política del frente popular, la política de unidad nacional para la lucha del pueblo en defensa de su independencia y su libertad en contra de las fuerzas de la reacción.
El frente popular constituyó una forma adecuada del desarrollo de la revolución durante este período. España, que en los comienzos de la lucha era una república de tipo democrático-burgués, se desarrolló en el curso de la guerra hasta convertirse en una república popular, una república donde no existían grandes capitalistas, terratenientes y reaccionarios, una república apoyada por las masas populares y por un ejército regular del pueblo.
España se convirtió en una república dentro de la cual las masas tuvieron la oportunidad y el derecho de tomar participación en la orientación de la vida económica y política del país, en una república dentro de la cual, a pesar de que se mantenía la propiedad privada de los medios de producción, las grandes industrias, los bancos, y el sistema de transportes fueron nacionalizados, la tierra de los grandes terratenientes fue confiscada, y se crearon empresas cooperativas y colectivas sobre bases voluntarias, en una república dentro de la cual la ayuda fundamental era proporcionada a los obreros y campesinos por el Estado.
A la vez que defendían sus propias libertades e intereses, los trabajadores españoles también defendían los intereses y las libertades de todas las naciones en contra de la reacción mundial.
La lucha de la España revolucionaria se convirtió en la causa vital de las masas laboriosas de todos los países. Despertó fuerzas considerables entre la clase obrera y sus aliados y estaba dirigida en contra de la reacción burguesa, en contra de la agresión capitalista y de la guerra imperialista.
La lucha armada del pueblo español constituyó un importante factor en el reagrupamiento de las fuerzas de la clase obrera y de los trabajadores en general, también en otros países, ayudando a desenmascarar el verdadero significado de la «democracia» burguesa. Hizo ver quiénes eran los amigos y quiénes los enemigos del pueblo, aumentó la confianza de las masas en su propia fuerza y agrupó al pueblo alrededor del Partido Comunista de España, el único defensor consecuente de la España revolucionaria.
La actitud de los Estados «democráticos», ante la lucha del pueblo español
Toda la política de los gobiernos «democráticos» de la Francia y la Inglaterra imperialistas estuvo inspirada por la determinación de evitar la victoria del pueblo español. Una España revolucionaria hubiera imprimido un poderoso ímpetu a la lucha de la población trabajadora por la emancipación del yugo capitalista. Según la opinión de los imperialistas británicos y franceses, esto tenía que ser evitado a toda costa. La política de la «no intervención», que fue trazada con ese propósito, alcanzó su cima en la conspiración de Múnich de 1938. Bajo el pretexto de la «neutralidad» y de localizar el conflicto, los traficantes de guerra europeos llegaron hasta el establecimiento de un bloqueo completo del territorio republicano, y por último, hasta la intervención militar directa a fin de aplastar la resistencia de la República Popular.
Fue con este propósito que a los voluntarios que peleaban en las brigadas internacionales se les ordenó que salieran de España y que se organizaran los ataques por parte de la marina británica en connivencia con Francia para obligar al baluarte republicano de Menorca a rendirse. Fue con el mismo propósito que miles de luchadores republicanos que cruzaron las fronteras de Francia y esperaban la oportunidad de regresar a la zona central de guerra en España, fueron desarmados por el gobierno francés y confinados en campos de concentración. Pero esto no era suficiente para los imperialistas ingleses y franceses. A fin de aplastar completamente a la República los imperialistas fabricaron la conspiración de la Junta Casado-Miaja de 1939, que debía arrebatar las armas de las manos del pueblo español para lanzarlo bajo el yugo sangriento de una dictadura de burgueses y terratenientes.
De no haber sido por la efectiva ayuda que recibió Franco de los reaccionarios británicos y franceses y de los dirigentes socialdemócratas, la España revolucionaría no hubiera sido nunca derrotada.
Todo desarrollo histórico, así como los sucesos de los tiempos recientes, confirman lo que el camarada Stalin decía en 1927:
«El capitalismo británico fue, es y siempre será el más rabioso estrangulador de las revoluciones populares. Desde la gran revolución francesa de fines del siglo XVIII hasta la actual revolución en China, la burguesía británica siempre estuvo y todavía está colocada en la vanguardia para aplastar los movimientos de emancipación de la humanidad». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Notas sobre temas de actualidad, 1927)
Contrastando con la política de esos países «democráticos», Inglaterra y Francia, política que deleitaba a los enemigos de nuestra causa, la gran tierra del socialismo proporcionó ayuda moral y política al pueblo español en su guerra desde el principio hasta el fin. Día tras día la poderosa voz del pueblo soviético pedía ayuda para el pueblo español. Este contraste ha ayudado a hacer todavía más clara la verdadera naturaleza de la «democracia» burguesa.
Los partidos comunistas, leales al internacionalismo proletario, acudieron a las masas para pedirles que defendieran al pueblo español. Formaron brigadas internacionales que hicieron gala de un valor magnífico, de solidaridad y abnegación en la defensa de los intereses de la clase obrera.
Pero la clase obrera de los países capitalistas no pudo prestar una ayuda adecuada. Fueron los líderes traidores de la II Internacional quienes evitaron que así se hiciera. A fin de aplastar el frente de la reacción en contra de la España revolucionaria, se requería una acción conjunta, enérgica y consistente, de las organizaciones internacionales de la clase obrera. Pero los dirigentes de la II Internacional no deseaban la derrota de las fuerzas de la reacción. Fue así como rechazaron todas las proposiciones de la Komintern –Internacional Comunista– para concertar una acción conjunta de la clase obrera.
La clase obrera de los países capitalistas sacó sus conclusiones de estos hechos. Vio que mientras los socialdemócratas en los gobiernos de Francia, Bélgica, Suecia, Noruega y Dinamarca defendían los intereses de los capitalistas, los comunistas y los pueblos de la Unión Soviética marchaban codo con codo junto con la República Popular Española y con la población trabajadora.
El proletariado tuvo una oportunidad más para convencerse de que los comunistas y la Komintern, el gran partido mundial de Lenin y Stalin, defendían la causa de los trabajadores y la seguirán defendiendo consecuentemente hasta el fin.
¿Cuál fue la situación de España?
Hasta 1936 la clase obrera de España se encontraba dividida en un grado extraordinario y aislada del campesinado y la pequeña burguesía urbana.
La victoria obtenida en las elecciones del 16 de febrero de 1936 creó la oportunidad para una acción unida del proletariado, el campesinado y las clases medias urbanas que, inspiradas por el deseo común de derrocar el poder de la reacción, unieron todas sus fuerzas. Mediante esta unidad fue posible movilizar las masas para una lucha enérgica en contra del putsch militar. Las masas, que no poseían ninguna organización militar, ni armas, obtuvieron grandes victorias en varios centros importantes del país y organizaron la resistencia para combatir las fuerzas de la reacción. El resultado de esta unidad de lucha, en la cual el partido comunista constituyó la fuerza propulsora, fue el frente popular. Pero la base de esta unidad de lucha no era suficientemente firme; su médula, la clase obrera, estaba dividida.
El Partido Comunista de España fue el único, partido que se dio cuenta de la importancia de asegurar la unidad de la clase obrera. Es por esto por lo que el partido comunista: se esforzó tan empecinadamente por la creación de una central sindical única. Pero los dirigentes «socialistas» y anarquistas trabajaron continuamente para que no se alcanzara esta finalidad, pues sabían que el efecto que tal unidad tendría sería el de fortalecer la influencia de los comunistas en los sindicatos y que conduciría a la victoria sobra las fuerzas de la reacción.
Los comunistas redoblaron sus esfuerzos por crear un partido único de la clase obrera basado en los principios del marxismo-leninismo. Pero los dirigentes «socialistas» se opusieron continuamente a la formación de tal partido, que hubiera asegurado la hegemonía del proletariado en el frente popular y en el gobierno.
Debido a la falta de unidad en el movimiento de la clase obrera española pudieron los partidos políticos de la pequeña burguesía jugar un papel que estaba fuera de toda proporción con respecto a su influencia y fuerza reales. Fue esto lo que debilitó la eficiencia combativa del ejército republicano, impidió la adopción de una determinada política económica y la expansión de la industria de municiones tan absolutamente esenciales en tiempos de guerra, dejando manos libres a todos los enemigos del frente popular. Fue la falta de unidad entre el proletariado lo que impidió la formación de un gobierno popular fuerte, capaz de conducir la guerra nacional-revolucionaria con la firmeza necesaria.
La cabal impracticabilidad de la «teoría» y táctica de los anarquistas llegó a hacerse evidente durante esta guerra. Todo el curso de la revolución popular reveló cuan indefendibles, falsos y contrarrevolucionarios fueron ellos. Los experimentos «anarco-comunistas» de los anarquistas consistieron en la formación forzada de granjas colectivas y en la expropiación, el robo y hasta el asesinato de campesinos y artesanos. Los anarquistas abandonaron el frente y abrieron el paso al enemigo. Se convirtieron en una fuerza armada de la camarilla Casado-Besteiro-Miaja. La actividad de ciertos dirigentes anarco-sindicalistas se redujo por completo a salvar a los falangistas. Los trotskistas, esos bandidos, pusieron todas sus actividades a disposición de los reaccionarios y de los servicios de espionaje extranjeros. Entregaron secretos militares al enemigo, le franquearon la entrada y de acuerdo con los provocadores anarquistas y en conspiración con Franco, lanzaron el putsch contrarrevolucionario de Barcelona en Mayo de 1937.
En este trabajo de desorganización y desmoralización tomaron parte los partidarios sin principios del dirigente «socialista» Largo Caballero, que se apoyaban en los provocadores anarquistas y en los aventureros, poniendo en juego los «argumentos» trotskistas. Los partidarios de Largo Caballero trataron de dividir la central sindical: la Unión General de Trabajadores, y la Juventud Socialista Unificada. Hicieron todo lo que les fue posible por forzar a los republicanos a capitular, y tras la traidora deserción de Besteiro-Casado-Miaja, en Madrid, estaban sus asquerosas manos.
Los líderes de las diversas «tendencias» en el Partido Socialista Obrero Español y en los otros partidos de la II Internacional, continuaban su política oportunista y antiproletaria. Sin tomar en cuenta las diferencias de opinión que prevalecían entre ellos, se encontraban unidos por su odio al comunismo. Los dirigentes socialistas españoles no tenían fe en la fuerza de la clase obrera y negaban su papel dirigente en la lucha, trayendo esto como resultado que tomó el camino de la capitulación y la traición, en lo cual fueron estimulados por sus colegas de la II Internacional. El Partido Socialista Obrero Español perdonó todos los delitos y crímenes contra la clase obrera. Faltaba por completo el control. Todos los ministros socialistas en el gobierno hacían lo que les venía en gana. No hubo una línea política clara, no hubo disciplina de partido, ni responsabilidad personal. Este partido tenía hombres como Indalecio Prieto, que demandaba la hegemonía de la burguesía en la lucha revolucionaria del pueblo español; a Julián Besteiro, que se rebeló en Madrid durante 1939 contra el gobierno de Negrín, que representaba a la mayoría socialista; y a Largo Caballero, que andaba constantemente mezclado en actividades subversivas y en acciones provocadoras contra el Partido Comunista de España y el Ejército Popular.
Durante la guerra el pueblo español llegó a conocer muy bien a estos traidores. No es sin razón que hace responsables de su derrota, principalmente a los dirigentes del Partido Socialista Obrero Español. El Partido Republicano siempre había vacilado. Su miedo por la emancipación del pueblo y el desarrollo de una revolución popular había tendido siempre a llevarlo por el camino de la reacción escudado tras el lema: «La república debe ser guiada por republicanos». Estaba ansioso de desplazar a la clase obrera, de sus posiciones dirigentes, obstruccionaba en todos los sentidos las actividades del gobierno del frente popular, que ya eran bastante inadecuadas, y donde quiera que podía impedía la adopción de medidas estrictas en contra del enemigo.
Influenciados muchos de los representantes del Partido Republicano por los gobiernos de Francia e Inglaterra, se convirtieron en portaestandartes de la capitulación. Habiendo adoptado esta conducta, algunos de ellos desertaron de sus puestos en los momentos cruciales, mientras que otros se unían a las fuerzas de la camarilla militar de Casado-Besteiro-Miaja.
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Los diversos gobiernos de la república española reflejaron ampliamente las tendencias de estos partidos y de estos individuos. Una política firme, que respondiera a las necesidades de la guerra nacional revolucionaria, era absolutamente esencial para la victoria de la república popular española. En la industria, en la agricultura, en los transportes, en el abastecimiento, en la organización militar, en el adiestramiento militar de toda la población, en la política exterior, en las finanzas y en el orden público, por donde, quiera se requería una política implacable contra los intrigantes y los capituladores.
Pero tal política hubiera necesitado un nuevo aparato de gobierno que correspondiera al carácter popular de la república. No obstante esto, el antiguo aparato del gobierno no fue completamente destruido; continuó existiendo, en parte, aun durante la guerra y en los momentos decisivos actuó contra los intereses del pueblo. Sólo un gobierno capaz de enfrentarse a las dificultades sin vacilación, hubiera podido dominar esta complicada situación, tomar el timón firmemente en sus manos y seguir la política exigida por las circunstancias. Los comunistas sabían que la forma ideal de tal gobierno era la dictadura del proletariado. Pero ya que se trataba de una guerra por la liberación nacional, ya que era necesario unir los amplios sectores del pueblo, no sólo en territorio republicano, sino también en el territorio dominado por Franco, puesto que era necesario atraer a la clase media de Cataluña y del país vasco, ganar la victoria militar sobre el enemigo y asegurar el apoyo para la España republicana, no sólo por parte del proletariado internacional, sino por parte también de las capas no proletarias, él establecimiento de la dictadura del proletariado bajo tales circunstancias resultaba imposible. El haber intentado establecer la dictadura del proletariado hubiera significado saltar una etapa necesaria del desarrollo; hubiera disminuido la base social de la lucha del pueblo español y hubiera facilitado más a la reacción internacional la destrucción del movimiento revolucionario en España.
Por eso es por lo que los comunistas españoles no hicieron un llamamiento para el establecimiento de una dictadura del proletariado, sino para que se formara un gobierno popular combativo capaz de unir en la lucha a todas las fuerzas del pueblo español bajo la dirección de la clase obrera. Pero no se formó un gobierno semejante, aunque existían todas las posibilidades de formarlo.
Los capituladores, los intrigantes y los reaccionarios permanecieron ocupando los puestos principales en el aparato gubernamental de la república española, y sus gobiernos no fueron verdaderos gobiernos populares revolucionarios de tiempo de guerra.
El primer gobierno, integrado por representantes de los partidos republicanos, ni siquiera intentó enfrentarse a problema como los de la organización del ejército, el mantenimiento del orden público en la retaguardia, la producción y otros. El hecho de que el gobierno careciera de una orientación apropiada y una política firme y de que no fuera suficientemente enérgico no era un secreto para el enemigo, que se aprovechó de ese hecho para conquistar un cierto número de provincias españolas.
El segundo gobierno, encabezado por Largo Caballero, no estaba en condiciones de dominar completamente esa complicada situación. Largo Caballero era enconadamente hostil a la unidad revolucionaría de la clase obrera. Como enemigo que era del comunismo y de la Unión Soviética, despreciaba a las masas y a sus iniciativas y depositó completa confianza en incompetentes expertos militares que no la merecían. Manteniendo obstinadamente esta opinión, Caballero impidió la formación de un poderoso ejército republicano e hizo cuanto pudo para contrarrestar los esfuerzos que en este sentido hacía el Partido Comunista de España, que bajo la forma del Vº Regimiento había creado las bases, firmes que se necesitaban para una organización militar. Todas las actividades de Caballero corrían en dirección contraria a todo lo que demandaban los intereses de la victoria sobre los reaccionarios. Su trayectoria fue de constantes compromisos y capitulación. Caballero fue derrocado por las iras del pueblo.
Luego vino el Gobierno de Negrín-Prieto. La conducción de los asuntos militares estaba por completo en las manos de Prieto. Empezó por introducir el principio de «representación proporcionar» en el Estado Mayor del ejército y colocó a toda una sería de incompetentes y cobardes a la cabeza de los grupos militares. Al negarse a realizar una purga del comando militar y al colocar a sospechosos individuos en puestos de responsabilidad protegió a los derrotistas y al enemigo. El odio de Indalecio Prieto a los heroicos comunistas, que habrían salvaguardado la existencia del departamento de comisarios de guerra en los momentos más difíciles, condujo al colapso de éste y a su transformación en una institución burocrática. Estos valerosos comisarios que habían sido sometidos a la prueba de fuego, fueron reemplazados por una horda de incompetentes sin firmeza, fe, ni entusiasmo revolucionario. Indalecio Prieto llegó hasta el punto de prohibir la distribución de propaganda entre las fuerzas del enemigo.
El Partido Comunista de España fue el único partido que desarrolló actividades entre las tropas del enemigo y en su retaguardia; fue el único que sistemáticamente se enfrentó y venció las dificultades causadas por el gobierno a la república y al ejército. La victoria de Teruel, que fue una de las derrotas más severas que experimentó el enemigo, no se pudo aprovechar debido a que no se había hecho nada para crear reservas, y a causa de la insensata y criminal orden de que se retiraran nuestras fuerzas, la fortaleza se perdió. La política de Prieto, además condujo al desmoronamiento de todo el frente oriental y a la escisión de la zona republicana en dos partes. Sus ruinosas actividades podían ser observadas también en la forma en que rendía los partes militares, en los cuales frecuentemente anunciaban pérdida de terreno, poblaciones y posiciones antes de que realmente hubieran sido capturadas por el enemigo, dislocando así la verdadera correlación de fuerzas en favor del enemigo. El pueblo y los hombres movilizados en el frente, que se daban cuenta del grave peligro que amenazaba al país y que conocían el hecho de que el gobierno se estaba desmembrando a causa de las actividades capitulacionistas de Prieto, demandaron la formación de un nuevo gobierno para salvar la situación. En respuesta a los deseos expresados por el pueblo y los hombres que habían sido movilizados al frente, Juan Negrín destituyó a Indalecio Prieto, del Ministerio de Defensa Nacional y formó un gobierno de unidad nacional guardando para sí Negrín las funciones de Ministro de Guerra y recibiendo por lo tanto la herencia de la desastrosa política de Caballero y Prieto.
El nuevo gobierno hizo enérgicos llamados al pueblo y el ejército para combatir la capitulación y pelear en defensa del país. Formuló los interesantes trece puntos como basé para la unidad de todo el pueblo en la lucha por la independencia. Estos puntos incluían la salvaguardia de la independencia de España; la expulsión de las fuerzas de intervención; formación al finalizarla guerra de la república popular democrática mediante la libre expresión, de la voluntad del pueblo, es decir, mediante un plebiscito; respeto a los derechos nacionales, y a las libertades de los pueblos que habitan España; inviolabilidad de las personas y libertad y conciencia; garantía para los pequeños propietarios; una radical reforma agraria incluyendo la abolición de las grandes propiedades y entregando la tierra a los que la cultivan; legislación social progresista; formación de un ejército popular.
El nuevo gobierno Negrín restauró el quebrantado frente oriental y mejoró la organización del ejército, que pocos meses antes; había peleado tan heroicamente en el Ebro.
Juan Negrín siguió una política de resistencia, pero no lo hizo firmemente; hizo concesiones a los enemigos de esta política. No, llevó a cabo la completa depuración del ejército, de la armada y del aparato de gobierno, en lo cual insistían los comunistas. Toleraba la atmósfera de impunidad, creada por sus predecesores; y no tomó medidas para combatir el sabotaje a la concentración de reservas y a los trabajos de fortificación.
Los resultados de esta política contradictoria no se hicieron esperar. El Ejército Republicano, que bajo el mando de abnegados y leales oficiales, había hecho maravillas de madurez y de eficiencia militares en el Ebro –para no mencionar la fusión efectuada bajó el mando de los comunistas–; estuvo incapacitado pocos meses después para asestar un serio golpe al enemigo y rechazar sus ataques, lo que condujo a la pérdida de Cataluña.
Pero aún la pérdida de Cataluña no significaba todavía el fin de la resistencia de la república popular española, ya que los comunistas, con pleno sentido de su responsabilidad, sostenían el pueblo y el ejército. Los hombres que habían sido forzados a retirarse de Cataluña a territorio francés luchaban por todos los medios para volver a la zona central de España. No obstante el hecho de que el gobierno francés reaccionario impidiera a los combatientes regresar a España, no obstante la fatiga de la guerra y las graves dificultades, la determinación del pueblo español en el centro y en el sur, de continuar la defensa, estaba intacta. La resistencia era posible; y la resistencia hubiera influido en la situación internacional y la hubiera modificado a favor de la república, como había sucedido antes en tales casos. Era posible oponer resistencia al enemigo y, en el peor de los casos, obtener una paz que hubiera salvado la independencia de la república española y la libertad del pueblo español, y no hubiera venido a parar en el asesinato de muchos de sus mejores hijos. Este era, en efecto, el propósito de los tres puntos propuestos por el gobierno y aprobados por las Cortés –parlamento– en Figueras, –la independencia de España, garantía del derecho del pueblo a la libre autodeterminación por medio de un plebiscito, y no represalias–, que fueron concebidas para asegurar una terminación incondicional de la lucha.
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La traición ya habla empezado a trabajar mucho antes de los acontecimientos de marzo de 1939. Durante los operaciones de tas tropas republicanas en el Ebro ya no había duda de que la mano de la traición se estaba moviendo, y esto se hizo más claro aun durante el ataque del enemigo sobre Cataluña, los traidores estaban atrincherados en los cuarteles generales de los ejércitos del centro y del sur. Esta fue también la razón de las subterráneas actividades saboteadoras que acompañaron a las operaciones emprendidas para socorrer a Cataluña, tanto durante la lucha en el Ebro, como durante el ataque a la misma Cataluña.
Los saboteadores se atrincheraban no solamente en los cuarteles generales del ejército en la zona central, sino también en el cuartel general del Estado Mayor General.
Estrechamente ligados a ellos trabajaban los capituladores y los traidores que habían llegado a posiciones estratégicas en el gobierno y en el ejército –los trotskistas, los caballeristas y los provocadores de la FAI anarquista–. Emprendieron una campaña derrotista e hicieron cuanto pudieron para desacreditar al gobierno, sobre el cual hacían recaer toda la culpa de las derrotas militares. Provocaron inquietud en el pueblo, diseminaron rumores para confundir las mentes de las masas, trataron de romper la unidad del ejército, apoyaron las actividades subversivas de los espías y traidores de la quinta columna en territorio republicano, y atacaron salvajemente a los comunistas.
Cuando, bajo la presión del Partido Comunista de España, Negrín por fin –tres días antes de la revuelta de Casado– se dispuso a tomar ciertas medidas contra los instigadores de la traición, los traidores apresuraron la hora de la rebelión. La bandera de la monarquía fue enarbolada en Cartagena.
Fueron eliminados varios miles de hombres del Ejército Republicano, incluyendo dirigentes comunistas. Pero la flota se dio a la huida después de que los marinos comunistas habían sido arrestados; y la pandilla de Casado-Besteiro consumó el golpe traicionero en Madrid y empezó a ejercer salvajes represalias contra los comunistas. Estos opusieron una firme resistencia, y hubieran podido sofocar la rebelión si el enemigo, en complicidad con los traidores, no hubiera atacado el sector del frente que estaba al mando de los comunistas.
En otros frentes los traidores amenazaban con dar paso al enemigo si los comunistas procedían frente a la pandilla Casado-Besteiro-Miaja. Veintitrés días después esta pandilla rindió el frente al enemigo y abandonó al pueblo a la «benigna» merced de Franco.
El Partido Comunista de España en la guerra por la libertad y la independencia
Durante toda la guerra los comunistas pelearon abnegadamente por los intereses del pueblo trabajador. La participación de los comunistas en el gobierno tuvo los más positivos resultados. El Ministerio de Agricultura, que estaba a cargo de un comunista, realizó las esperanzas de los campesinos: confiscó las propiedades de los grandes terratenientes y las entregó a los trabajadores agrícolas y campesinos pobres. Dio ayuda a los campesinos por medio de créditos, de semilla y de maquinaria agrícola. El ministerio de Educación, del que también era titular un comunista, hizo todo lo posible por poner la cultura al alcance del pueblo. Miles de nuevas escuelas, kindergartens y sanatorios para niños fueron abiertos. Fueron creados «Departamentos Culturales de Milicia» para enseñar a leer y escribir a los hombres en las trincheras. Se abrieron escuelas superiores para la juventud obrera. Los comunistas del ejército –comandantes, comisarios y soldados–, dieron ejemplo de valor y disciplina. En las fábricas, en las factorías, en los talleres y en el campo, por donde quiera los comunistas eran los elementos dirigentes de la producción, y por donde quiera daban ejemplo de denodada voluntad y entusiasmo.
El partido comunista fue el único partido que estuvo activo en todas las fuerzas relacionadas de algún modo con la guerra. Fuertemente unido por una voluntad única, siguió, una línea política uniforme que fue aprobada y apoyada por todos sus miembros y simpatizantes. Fue el único partido en el que existía entre sus miembros y la dirección una genuina unidad y una firme coherencia, así como entre el partido y las masas. Esto era posible porque fue el único partido que se apoyaba en la teoría revolucionaria del marxismo-leninismo y que educaba a sus miembros en el espíritu stalinista de la lucha implacable contra el enemigo de clase, en el espíritu del internacionalismo proletario y de la lealtad a los intereses de las masas trabajadoras. Las actividades del Partido Comunista de España, especialmente durante la guerra, le ganaron el amor y la confianza de las masas, y el resultado se tradujo en un considerable aumento del número de sus miembros –de 100.000 miembros en toda España antes de la guerra a 300.000 en el territorio republicano sólo durante la guerra–.
Pero el partido comunista tenía sus puntos débiles. En su esfuerzo para mantener unido al frente popular no previno a tiempo al pueblo que los representantes de otros partidos y organizaciones estaban usando el frente popular como una careta para sus traidoras actividades. Preocupado principalmente de la situación del frente en vista del inevitable ataque del enemigo, descuidó de movilizar a las masas contra los traidores y no aplastó la rebelión traicionera, aunque, tenía a su disposición las fuerzas necesarias. Pero en cambio de todas estas deficiencias, el partido cumplió sin vacilación y abnegadamente su deber para con el pueblo español y el proletariado internacional.
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¿Cuáles son las lecciones que hay que sacar de la guerra de independencia del pueblo español? La experiencia de esta guerra y de las actividades del Partido Comunista de España demuestra que la fuerza de la clase obrera se centuplica cuando está dirigida por un partido revolucionario unido, monolítico y por una organización sindical unida conducida por ese partido.
La guerra del pueblo español demostró que en las condiciones difíciles y peligrosas en que se decidía la lucha, todos los partidos y organizaciones, excepto el partido comunista, capitularon y desorganizaron a las masas con su política y sus actividades.
La garantía fundamental de una alianza de la clase obrera con el campesinado y la clase media es la unidad revolucionaria del proletariado, dirigido por el partido comunista.
La firme solidaridad del partido comunista hasta su célula más modesta, su iniciativa, sus firmes lazos con las masas, y, en particular, su actividad independiente, son condiciones esenciales para reducir al mínimo las vacilaciones de sus aliados y para descartar las posibilidades de traición.
Para derrotar al enemigo exterior, es necesario destruir al enemigo interior.
Para infligir la derrota al enemigo en una revolución popular, el antiguo aparato de gobierno, que sirve a los intereses de la reacción, debe, ser destruido y reemplazado por un nuevo aparato de gobierno que sirva a los intereses de la clase obrera.
Para obtener la victoria en una lucha similar a la sostenida por el pueblo español es esencial contar con un gobierno firme y, con un movimiento inspirado por una voluntad común, que sean capaces de vencer todos los obstáculos y de agrupar a todo el país en el único objetivo de destrozar al enemigo.
Desde la terminación de la guerra en España la lucha de la clase obrera española y de todo el pueblo español se ha estado desarrollando en condiciones enteramente nuevas en el interior y en el exterior, en medio de la segunda guerra imperialista.
El país está en un estado de ruina y de dislocación. La guerra ha causado grave daño a muchas de las carreteras, a los puertos más importantes –Barcelona, Valencia, Cartagena, Alicante, Almería–, a los ferrocarriles y a los servicios de transporte, a la flota mercante, al sistema de transporte automovilístico, a las fábricas, a las factorías, etc. El costo de la reparación del daño causado por la guerra se estima aproximadamente en 20.000.000.000 de pesetas. Un gran número de establecimientos industriales que han permanecido intactos están sufriendo una profunda crisis, debida en parte a la falta de materias primas y en parte a la dislocación económica.
La agricultura está atravesando también por graves dificultades. Los reaccionarios españoles están tratando de escapar del resquebrajamiento y de la dislocación económica por medio de la persecución brutal a la clase obrera, al campesinado y a las amplias masas de la población trabajadora. Todos los beneficios obtenidos por los obreros y los campesinos a través del frente popular se han nulificado. Todos los derechos y las libertades del pueblo han sido abolidos. Los derechos nacionales y las libertades de los vascos y de los catalanes han sido anulados. Los consejos de guerra están procesando, por término medio, cuatrocientos hombres y mujeres diariamente, un 70% de los cuales es sentenciado a morir fusilado. Se cree que alrededor de 100.000 prisioneros, entre ellos 8.000 mujeres, están pereciendo en los campos de concentración y en las prisiones de Madrid. Tan grande es el número de personas arrestadas que los reaccionarios están convirtiendo los monasterios y los circos de toros en prisiones. Unas 20.000 personas han sido fusiladas en Levante y 30.000 en Cataluña. Solamente en Madrid ha habido más de 50.000 fusilados. No es menor el número de los que han sido arrestados y fusilados en Bilbao y en Galicia. Y las sangrientas represalias siguen todavía.
Una gran parte del ejército republicano ha sido convertido en batallones de trabajo forzado que están obligados a trabajar sin paga. Simultáneamente, los reaccionarios han emprendido una «purga» de las fabricas, factorías, bancos, casas comerciales, y servicios del gobierno, como resultado de lo cual miles de hombres y mujeres han sido lanzados a la calle, dejándolos morir de hambre. Los contratos de salarios han sido anulados. Han sido introducidas escalas de salarios correspondientes a los que prevalecían antes de julio de 1936. Los impuestos han sido aumentados desmedidamente. Ha sido aprobada una ley que establece que «la indiferencia y la negligencia» en el trabajo es un delito punible. En una palabra, además de las represalias ha sido establecido un régimen brutal de explotación y de robo de los trabajadores.
No menos severo es el régimen en el campo. La tierra ha sido quitada a los campesinos y devuelta a los terratenientes. Los dueños están cobrando el pago de renta correspondiente a los tres años de guerra, así como la renta anteriormente atrasada. El hambre y la necesidad andan desenfrenadas entre la población trabajadora. Pero las masas, sobre todo la clase obrera, no se están resignando dócilmente a este estado de cosas. El descontento se extiende y asume enormes proporciones. Lejos de disminuir, el odio al régimen de Franco crece de día en día. Hasta Franco y sus ministros se han visto obligados a admitir abierta y públicamente que el país está dividido en dos campos mortalmente hostiles como antes. La resistencia del proletariado y de las masas al régimen reaccionario y a la explotación está tomando las más variadas formas.
Una de las formas de resistencia es la simpatía y la ayuda que se da a los presos políticos. La campaña por la amnistía y la libertad de estos se está convirtiendo en uno de los factores políticos y organizativos más importantes en el movimiento de los pobres, de la clase obrera, de los campesinos y de la juventud obrera contra la reacción. Se está sosteniendo una lucha contra los «precios fijos» y otras formas de robo, del campesinado. La lucha contra el lucro es creciente. La clase obrera está comenzando a resistir –aunque todavía no en una forma suficientemente organizada y en masa–, a la reducción de salarios y a las esclavizantes condiciones de trabajo, incluso comienza a luchar por un mínimo de derechos y libertades. En el campo se está emprendiendo una lucha –aunque no todavía con suficiente decisión y organización–, contra los contratos esclavizadores, contra los altos impuestos y contra los usureros y terratenientes. Los pueblos oprimidos de Cataluña, de Euskadi y de Galicia continúan resistiendo a sus verdugos que les han robado todos sus derechos y privilegios.
La ruina económica, la insatisfacción y la indignación de las masas, junto con el desempleo, el hambre, la usura y la terrible explotación; el odio de las masas hacia sus verdugos y hacia todo el sistema de represión sangrienta y de tiranía; la incapacidad de la pandilla dominante para dar frente a las crecientes dificultades, todo esto está agravando e intensificando los antagonismos de clase hasta el extremo. Y esto, a su vez tiende a agravar e intensificar los antagonismos que se producen en el campo de los mismos reaccionarios.
La nueva situación internacional creada por la segunda guerra imperialista ha agravado aún más e intensificado los antagonismos en España. Las fuerzas negras de la reacción en España y las potencias imperialistas –Inglaterra, Francia, Italia, etc.– están trabajando febrilmente para arrojar al país a las llamas de la guerra. Los círculos dirigentes españoles, que han proclamado verbalmente su neutralidad, están en realidad negociando con las potencias imperialistas con el objeto de vender al pueblo español al grupo imperialista que pague mejor precio. Pero el proletariado y el pueblo de España no tienen la menor intención de pelear y derramar su sangre en defensa de los intereses de los imperialistas británicos, franceses, italianos, o de cualesquiera otros. El pueblo, español ha aprendido de la amarga experiencia que todavía está fresca en su conciencia, cuál es la verdadera naturaleza y el verdadero significado de la política exterior de las potencias imperialistas, y resistirá por lo tanto todos los intentos de la pandilla dominante por enredar a España en la guerra imperialista.
Un examen de la situación en España desde la derrota de la república nos conduce a las siguientes conclusiones: la victoria de la reacción no está de ningún modo asegurada; el régimen de Franco no tiene base firme en el país y su inestabilidad crece de día en día; el descontento se está extendiendo entre el pueblo y la resistencia de las masas está ganando fuerza.
Tal es la situación dentro del país, y dentro de esta situación el Partido Comunista de España está llevando a cabo su trabajo. El Partida Comunista de España, que en la acción, en el curso de tres años, ha probado ser la fuerza organizativa y dirigente más efectiva de la heroica lucha del pueblo español por la libertad y la independencia, continúa, a despecho de todas las represiones sangrientas, trabajando infatigablemente por la reorganización y consolidación de sus filas, por el agrupamiento y la fusión de las fuerzas del pueblo para llevar adelante la lucha contra la reacción interior y exterior. Organizando y dirigiendo la lucha de los obreros y de los campesinos por sus reivindicaciones concretas inmediatas, empleando las más diversas formas de lucha del pueblo trabajador contra los explotadores y los reaccionarios y descubriendo a los traidores de todos los matices, el partido comunista está capacitando a las masas para pasar a una fase superior de la lucha.
Armado de rica experiencia, y guiado por las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin, el Partido Comunista de España, ganando la confianza de masas cada vez más amplias, está conduciendo al proletariado español y a todo el pueblo de España a emanciparse de la reacción y del capitalismo.
José Díaz “Lecciones de la guerra del pueblo español (1936-1939); José Díaz, 1940”
Link de descarga http://bitacoradeunnicaraguense.blogspot.com.es/2014/11/lecciones-de-la-guerra-del-pueblo.html#more

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