Entrevista al camarada Stalin por Roy Howard


Entrevista al camarada Stalin
por Roy Howard
HOWARD. — ¿Qué consecuencias traerán, a su juicio, para la situación en Extremo Oriente los recientes acontecimientos del Japón?
STALIN. — Por el momento es difícil decirlo. Disponemos de pocos materiales pasa ello. El cuadro no es suficientemente claro.
HOWARD. — ¿Cuál será la posición de la Unión Soviética, caso de que el Japón se decidiese a un ataque serio contra la República Popular de Mongolia?
STALIN. — Caso de que el Japón se decidiese a atacar a la República Popular de Mongolia, atentando contra su independencia, tendríamos que ayudar a dicha República. El sustituto de Litvínov, Stomoniakof, se lo ha hecho saber recientemente al embajador del Japón en Moscú, señalando las invariables relaciones de amistad que la Unión Soviética mantiene con la República Popular de Mongolia desde 1921. Ayudaremos a esta República lo mismo que la ayudamos en 1921.
HOWARD. — Entonces, el intento japonés de ocupar Ulán Bator, ¿determinaría una acción positiva por parte de la Unión Soviética?
STALIN. — Sí, la determinaría.
HOWARD. — ¿Han desarrollado los japoneses durante estos últimos días, en los territorios fronterizos a la República Popular de Mongolia, alguna actividad que en la Unión Soviética pueda ser considerada como agresiva?
STALIN. — Parece que los japoneses continúan concentrando tropas junto a las fronteras de la República Popular de Mongolia; pero por el momento no se registra ningún nuevo intento de choques fronterizos.
HOWARD. — La Unión Soviética teme que Alemania y Polonia abriguen intenciones agresivas dirigidas contra ella y que preparen una colaboración militar que habría de ayudar a poner en práctica estas intenciones. Sin embargo, Polonia declara que no está dispuesta a consentir que tropas extranjeras utilicen su territorio como base de operaciones contra un tercer Estado. ¿Cómo se ve en la Unión Soviética el ataque por parte de Alemania? ¿Desde qué posiciones, en qué dirección pueden operar las tropas alemanas?

STALIN. — La historia dice que cuando cualquier Estado quiere guerrear contra otro Estado, aun cuando no sea vecino, comienza a buscar las fronteras por las cuales puede llegar hasta las del Estado al que quiere atacar. Por lo general, el Estado agresor encuentra esas fronteras. O bien las encuentra por medio de la fuerza, como ocurrió en 1914, cuando Alemania invadió Bélgica para lanzarse contra Francia, o bien toma esas fronteras «a crédito», como lo hizo Alemania respecto a Letonia, por ejemplo, en 1918, intentando avanzar hacia Leningrado a través de ella. Yo no sé concretamente qué fronteras podrá utilizar Alemania para sus fines; pero creo que no faltarán aficionados que le ofrezcan sus fronteras «a crédito».
HOWARD.— En todo el mundo se habla de la guerra. Si realmente la guerra es inevitable, ¿cuándo, míster Stalin, estallará, a su juicio?
STALIN.— Eso no se puede predecir. La guerra puede encenderse de un modo inesperado. Hoy día las guerras no se declaran, sino que comienzan, sencillamente. Pero por otra parte, yo entiendo que las posiciones de los amigos de la paz se fortalecen. Los amigos de la paz pueden laborar abiertamente, se apoyan en la potencia de la opinión pública, tienen a su disposición instrumentos como, por ejemplo, la Sociedad de Naciones. Este es el «haber» de los amigos de la paz. Su fuerza está en que su actividad contra la guerra se apoya en la voluntad de las extensas masas, populares. No hay en todo el mundo ningún pueblo que quiera la guerra. En cambio, los enemigos de la paz se ven obligados a trabajar secretamente. Este es el «haber» de los enemigos de la paz. Por lo demás, no está fuera de lo posible que, precisamente a causa de esto, se decidan a lanzarse a una aventura guerrera como a un acto desesperado. Uno de los éxitos más recientes de la causa de los amigos de la paz es la ratificación del Pacto franco-soviético de asistencia mutua por la Cámara de los Diputados de Francia. Este pacto representa un cierto obstáculo para los enemigos dé la paz.
HOWARD. — Si se enciende la guerra, ¿en qué parte del mundo estallará antes? ¿Dónde se han acumulado más las nubes de tormenta de la guerra, en Oriente o en Occidente?
STALIN. — Hay, a mi juicio, dos focos de peligro de guerra. El primer foco se encuentra en Extremo Oriente, en la zona del Japón. Me remito a las reiteradas declaraciones de militares japoneses con amenazas dirigidas a otros Estados. El segundo foco se encuentra en la zona de Alemania. Es difícil decir cuál de los dos focos es el más amenazador, pues ambos existen y trabajan. Comparada con estos dos focos fundamentales de peligro de guerra, la guerra italo-abisinia no es más que un episodio. Por el momento, el que revela más actividad es el foco de peligro de Extremo Oriente. Es posible, sin embargo, que el centro de este peligro se desplace a Europa. Así parece indicarlo, por ejemplo, la reciente interviú concedida por el señor Hitler a un periódico francés. En esta interviú, Hitler intenta decir cosas pretendidamente pacificas, pero salpimienta tan copiosamente ese «pacifismo» suyo con amenazas dirigidas a Francia y a la Unión Soviética, que del «pacifismo» no queda ni rastro. Como se ve, el señor Hitler, hasta cuando quiere hablar de paz, no sabe arreglárselas sin amenazas. Es un síntoma.
HOWARD. — ¿Dónde reside, a su juicio, la causa fundamental del actual peligro de guerra?
STALIN. — En el capitalismo.
HOWARD. — ¿En qué fenómenos del capitalismo, concretamente?
STALIN.— En sus fenómenos imperialistas, anexionistas. Usted recuerda cómo surgió la primera guerra mundial. Surgió del deseo de proceder a un nuevo reparto del mundo. Hoy se dan idénticos motivos. Hay Estados capitalistas que se consideran lesionados en el reparto precedente de esferas de influencia, territorios, fuentes de materias primas, mercados, etc., y que querrían volver a repartirlos en provecho propio. El capitalismo, en su fase imperialista, es un sistema que considera la guerra como un método legal para resolver las contradicciones internacionales como un método, si no jurídico, por lo menos, substancialmente legal.
HOWARD. — ¿No considera usted que en los países capitalistas puede haber el temor fundado de que la Unión Soviética quiera imponer por la fuerza su teoría política a otros pueblos?
STALIN. — No hay ningún fundamento para tales temores. Si usted cree que la gente soviética quiere cambiar por sí misma, y además por la fuerza, la fisonomía de los Estados circundantes, se equivoca lamentablemente. La gente soviética quiere, naturalmente, que la fisonomía de los Estados circundantes cambie; pero esto es incumbencia de esos mismos Estados. Yo no veo qué peligro pueden ver. En las ideas de la gente soviética los Estados circundantes, si estos Estados se asientan realmente sobre una base sólida.
HOWARD. — Esta declaración de usted, ¿significa que la Unión Soviética ha abandonado hasta cierto punto sus planes e intenciones de llevar a cabo la revolución mundial?
STALIN. — Nosotros nunca tuvimos tales planes e intenciones.
HOWARD. — A mí me parece, míster Stalin, que durante largo tiempo se produjo en el mundo entero otra impresión.
STALIN. — Eso es el fruto de un equívoco.
HOWARD. — ¿De un equívoco trágico?
STALIN. — No, cómico. O, tal vez, tragicómico. Mire usted: nosotros, marxistas, entendemos que la revolución se hará también en los demás países. Pero sólo se hará cuando los revolucionarios de esos países lo crean posible o necesario. La exportación de revoluciones es un absurdo. Cada país hace por sí mismo su revolución cuando quiere, y si no quiere no hay revolución. Nuestro país, por ejemplo, quiso hacer la revolución, y la hizo, y ahora construimos la nueva sociedad sin clases. Pero afirmar que nosotros pretendemos hacer la revolución en otros países, inmiscuyéndonos en su vida, es decir lo que no es y lo que nosotros no hemos predicado jamás.
HOWARD. — Al establecerse las relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, entre el presidente Franklin D. Roosevelt y el señor Maksim Litvínov se cambiaron unas notas idénticas sobre el problema de la propaganda. En el párrafo 4° de la carta del señor Litvínov al presidente Roosevelt se decía que el gobierno soviético se obligaba a «no permitir que en su territorio se creen o residan cualesquiera organizaciones o grupos, así como a tomar dentro de su territorio medidas preventivas contra la actuación de cualesquiera organizaciones o grupos o contra los representantes y funcionarios de cualesquiera organizaciones o grupos con respecto a los Estados Unidos en conjunto o a cualquiera de sus partes, territorios o posesiones que tengan como fin derrocar o preparar el derrocamiento o la transformación por la fuerza del régimen político o social». Le ruego, míster Stalin, que me explique por qué el señor Litvínov firmó esta carta si el cumplimiento de las obligaciones contenidas en este punto es incompatible con los deseos de la Unión Soviética o no está dentro de su poder.
STALIN.— El cumplimiento de las obligaciones contenidas en el punto citado por usted está dentro de nuestro poder, y esas obligaciones han sido cumplidas por nosotros y seguirán siéndolo. Según nuestra constitución, los emigrados políticos tienen derecho a vivir en nuestro territorio. Los concedemos el derecho de asilo, exactamente lo mismo que en los Estados Unidos conceden el derecho de asilo a los emigrados políticos. Es absolutamente evidente que cuando Litvínov firmó esta carta partía de que las obligaciones contenidas en ella tenían carácter recíproco. ¿Entiende usted míster Howard, que contradiga al acuerdo pactado entre Roosevelt y Litvínov el que en el territorio de los Estados Unidos se encuentren emigrados rusos guardias-blancos que hacen propaganda contra los soviets y en favor del capitalismo, que gozan de la ayuda material de ciudadanos estadounidenses y a veces forman grupos de terroristas? Es evidente que estos emigrados gozan del derecho de asilo que existe también en los Estados Unidos. Por lo que a nosotros se refiere, jamás hemos tolerado en nuestro territorio a un solo terrorista, fuese quien fuese aquel contra el que urdiera sus crímenes. Por lo visto, en los Estados Unidos el derecho de asilo se interpreta más ampliamente que en nuestro país. Pero nosotros no formulamos, a pesar de ello, ninguna pretensión.
Tal vez objetará usted que nosotros simpatizamos con estos emigrados políticos que residen en nuestro territorio. Pero ¿acaso no hay ciudadanos estadounidenses que simpatizan con los emigrados guardias-blancos que hacen propaganda a favor del capitalismo y en contra de la Unión Soviética? ¿De qué se trata, por tanto? Se trata de no ayudar a estas personas, de no financiar sus actividades. Se trata de que los funcionarios de ambos países no se inmiscuyan en la vida interna del otro país. Nuestros funcionarios cumplen honradamente esta obligación. Si alguno de ellos ha incurrido en alguna falta, que se nos diga.
Sí yendo demasiado allá, se exigiese la expulsión de los Estados Unidos de todos los emigrados guardias-blancos, esto sería un atentado contra el derecho de asilo, proclamado tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética. Aquí hay que reconocer una cierta línea divisoria racional para las reclamaciones y las contrarreclamaciones. Litvínov no firmó su carta al presidente Roosevelt con carácter particular, sino como representante del Estado, exactamente lo mismo que lo hizo el presidente Roosevelt. Su acuerdo es un acuerdo entre dos Estados. Al firmar este acuerdo, tanto Litvínov como el presidente Roosevelt, como representantes de dos Estados, se referían a las actividades de los agentes de sus Estados, que no deben inmiscuirse ni se inmiscuirán en los asuntos internos de la otra parte. Este acuerdo no podía afectar al derecho de asilo proclamado por ambos países. Dentro de estos límites es como hay que interpretar el acuerdo entre Roosevelt y Litvínov, como el acuerdo entre los representantes de dos Estados.
HOWARD. — ¿Pero es que en el VIIº Congreso de la Komintern, que se celebró en Moscú el año pasado, los delegados estadounidense Earl Browder y Samuel Adams Darcy no hicieron un llamamiento para derribar por la violencia el gobierno estadounidense?
STALIN. — Confieso que no recuerdo los discursos de los camaradas Browder y Darcy, ni recuerdo siquiera de qué hablaron. Es posible que dijesen algo por el estilo. Pero no fueron hombres soviéticos los que fundaron el Partido Comunista de los Estados Unidos. Lo fundaron individuos estadounidenses. Este partido existe en los Estados Unidos legalmente y presenta sus candidatos a las elecciones, incluyendo las presidenciales. Y si los camaradas Browder y Darcy pronunciaron por una vez un discurso en Moscú, en su casa, en los Estados Unidos habrán pronunciado discursos parecidos y hasta es probable que más enérgicos cientos de veces. Pues todo comunista estadounidense tiene la posibilidad de propagar libremente sus ideas. Sería completamente falso considerar al gobierno soviético responsable por la actuación de los comunistas estadounidenses.
HOWARD.— Sí, pero aquí se trata de la actuación de comunistas estadounidenses dentro del territorio soviético, infringiendo el punto 4° del acuerdo Roosevelt-Litvínov.
STALIN. — ¿Qué es la actuación de un partido comunista, en qué puede manifestarse? Esta actuación reside usualmente en la organización de las masas obreras, en la organización de mítines, manifestaciones, huelgas, etc. Es absolutamente comprensible que los comunistas estadounidenses no pueden hacer todo esto en territorio soviético. En la Unión Soviética. no hay obreros estadounidenses.
HOWARD. — ¿Puedo entender su declaración en el sentido de que se puede encontrar una interpretación de las obligaciones mutuas con la que se puedan mantener y proseguir las buenas relaciones entre nuestros países?
STALIN. — Sí, incondicionalmente.
HOWARD.— Usted reconoce que en la Unión Soviética no se ha construido todavía la sociedad comunista. Se ha construido el socialismo de Estado. El fascismo en Italia y el nacionalsocialismo en Alemania afirman que han conseguido análogos resultados. ¿No es un rasgo general de todos los Estados mencionados la infracción de las libertades personales y otras privaciones impuestas en interés del Estado?
STALIN. — La expresión del «socialismo de Estado» es imprecisa. Por este término entienden muchos el orden de cosas en que una cierta parte de las riquezas, parte a veces bastante considerable, pasa a manos del Estado o bajo su control, mientras en la inmensa mayoría de los casos la propiedad sobre los talleres, sobre fábricas y sobre la tierra sigue en manos de particulares. Así es como muchos entienden el «socialismo de Estado». A veces, se esconde detrás de este término el orden de cosas bajo el cual el Estado capitalista, en interés de la preparación o el mantenimiento de la guerra, se hace cargo de la financiación de una cantidad: de empresas privadas. La sociedad que nosotros hemos construido no puede llamarse en modo alguno «socialismo de Estado». Nuestra sociedad soviética es una sociedad socialista, porque en nuestro país se ha abolido y transformado en propiedad social la propiedad privada sobre los talleres, las fábricas, la tierra, los Bancos, los medios de transporte. La organización social creada por nosotros puede llamarse organización soviética socialista, no se acabada de construir todavía, pero que es en su raíz una organización socialista de la sociedad. La base de esta sociedad es la propiedad social: la propiedad del Estado, es decir, de todo el pueblo, y también la propiedad cooperativa de los koljoses. Ni el fascismo italiano ni el nacional«socialismo» alemán tienen nada que ver con esta sociedad. Ante todo, porque allí han dejado intacta la propiedad privada sobre los talleres y las fábricas, sobre la tierra, sobre los Bancos, sobre el transporte, etc., razón por la cual el capitalismo conserva en Alemania y en Italia todas sus fuerzas.
Sí, tiene usted razón cuando dice que no hemos construido todavía la sociedad comunista. El construir esta sociedad no es tan fácil. Usted conoce seguramente la diferencia que existe entre la sociedad socialista y la comunista. En la sociedad socialista hay todavía algunas desigualdades patrimoniales. Pero en la sociedad socialista no hay ya paro forzoso, no hay ya explotación, no hay ya opresión nacional. En la sociedad socialista todo individuo tiene la obligación de trabajar, aunque no obtenga todavía por su trabajo lo que corresponde a sus necesidades sino lo que corresponde a la cantidad y a la calidad del trabajo rendido. Por eso existe aun el salario, y además un salario desigual, diferenciado. Sólo cuando se consiga crear un orden de cosas en que los hombres perciban de la sociedad a cambio de su trabajo no lo que corresponde a la cantidad y calidad de éste, sino lo que corresponde a sus necesidades, podremos decir que hemos construido la sociedad comunista.
Dice usted que para construir nuestra sociedad socialista hemos sacrificado las libertades personales y sufrido privaciones. En su pregunta se trasluce la idea de que la sociedad socialista niega la libertad personal. Esto es falso. Claro está que para poder construir algo nuevo, hay que imponer economías, acumular recursos, restringir temporalmente las necesidades, tomar prestado de otros. Si quieres construir una casa nueva, reúnes el dinero, limitas temporalmente tus necesidades, pues de otro modo no podrías construir la casa. Y esto es mucho más legitimo cuando se trata de construir toda una sociedad humana enteramente nueva. Ha sido necesario limitar temporalmente algunas necesidades, acumular los recursos correspondientes, poner en tensión las fuerzas. Así es, en efecto, como nosotros hemos procedido y como hemos construido la sociedad socialista. Pero no hemos construido esta sociedad para restringir la libertad personal, sino para que las personas se sientan realmente libres. La hemos construido en gracia a la verdadera libertad personal, a una libertad sin comillas. A mí se me hace difícil imaginarme cuál puede ser la «libertad personal» de un obrero parado que anda muerto de hambre y no encuentra aplicación para su trabajo. La auténtica libertad sólo existe allí donde ha sido destruida la explotación, donde no hay opresión de unos hombres por otros, donde no hay paro, ni miseria, donde el hombre no tiembla pensando que puede quedarse mañana sin trabajo, sin techo, sin pan. Sólo en una sociedad así puede haber una libertad personal y de todas clases auténtica y no sobre el papel.
HOWARD. — ¿Considera usted compatible el desarrollo paralelo de la democracia estadounidense y del sistema soviético?
STALIN. — La democracia estadounidense y el sistema soviético pueden convivir y competir pacíficamente. Pero no pueden desarrollarse hasta convertirse el uno en el otro. El sistema soviético no se transformará gradualmente en la democracia estadounidense, ni viceversa. Podremos convivir pacíficamente si no nos buscamos líos el uno al otro por cada pequeñez.
HOWARD. — En la Unión Soviética se está elaborando una nueva constitución, la que prevé un nuevo sistema electoral. ¿Hasta qué punto este nuevo sistema puede cambiar la situación en la Unión Soviética, si en las elecciones sólo va a seguir tomando parte, igual que antes, un único partido?
STALIN. — Aprobaremos nuestra nueva constitución, seguramente, a fines de este año. La comisión encargada de elaborarla trabaja y debe terminar pronto su labor. Como ya se ha declarado, según la nueva constitución las elecciones serán generales, iguales, directas y secretas. A usted le desconcierta el que en estas elecciones sólo vaya a tomar parte un único partido. No ve qué lucha electoral puede haber en estas condiciones. Es evidente que en las elecciones no presentará candidaturas solamente el Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, sino que las presentarán también toda clase de organizaciones sociales sin partido. Y de éstas hay centenares en nuestro país. En nuestro país no existen partidos contrapuestos los unos a los otros, exactamente lo mismo que no existen la clase de capitalistas y la clase de los obreros explotados por los capitalistas, contrapuestas la una a la otra. Nuestra sociedad está formada exclusivamente por trabajadores libres de la ciudad y del campo: obreros, campesinos, intelectuales. Cada una de estas capas sociales puede tener sus intereses especiales y expresarlos a través de las numerosas organizaciones sociales existentes. Pero desde el momento en que no hay clases, desde el momento en que los limites entre las clases se van borrando, desde el momento en que sólo existan algunas, aunque no radicales, diferencias entre las diversas capas de la sociedad socialista, no puede haber ambiente para la creación de partidos que luchen entre sí. Donde no hay diferentes clases, no puede haber diferentes partidos, pues el partido es parte de una clase.
En el nacional«socialismo» existe también un solo partido. Pero éste sistema fascista de un solo partido no conduce a nada. La cosa está en que en Alemania subsiste el capitalismo, subsisten las clases y la lucha de clases, que, pese a todo, saldrá a la superficie, incluso en el terreno de la lucha entre partidos, que representan a clases contrapuestas, lo mismo que ha salido a la superficie, por ejemplo, en España. En Italia también existe un solo partido, fascista; pero tampoco allí, y por la misma causa, esto conduce a nada.
¿Por qué nuestras elecciones serán generales? Porque todos los ciudadanos, con excepción de los privados judicialmente del derecho de sufragio, tendrán derecho a elegir ya ser elegidos.
¿Por qué nuestras elecciones serán iguales? Porque ni las diferencias de carácter patrimonial –que todavía existen parcialmente– ni el hecho de pertenecer a una raza o a una nación irán en privilegio o en quebranto de nadie. Las mujeres disfrutarán del derecho electoral activo y pasivo en el mismo plano que los hombres. Nuestras elecciones serán auténticamente iguales.
¿Por qué secretas? Porque queremos dar a los soviéticos plena libertad para que voten por aquellos a quienes quieran elegir, a quien confíen la defensa de sus intereses.
¿Por qué directas? Porque las elecciones directas celebradas en cada localidad para todas las instituciones representativas, hasta llegar a los órganos supremos, garantizan mejor los intereses de los trabajadores de nuestro inmenso país.
A usted le parece que no habrá lucha electoral. Pero la habrá, y yo preveo una lucha electoral muy reñida. En nuestro país hay no pocas instituciones que trabajan mal. Suele ocurrir que tal o cual órgano local de poder no sabe satisfacer tales o cuales necesidades tan complejas y cada día mayores de los trabajadores de la ciudad y del campo. ¿Has construido o no has construido una buena escuela? ¿Has mejorado las condiciones de la vivienda? ¿No eres un burócrata? ¿Has ayudado a hacer nuestro trabajo más eficaz, a hacer nuestra vida más culta? Tales serán los criterios con que millones de electores abordarán a los candidatos, dejando a un lado y borrando de las listas a los que no sirvan, destacando los mejores y presentando sus candidaturas. Sí, la lucha electoral será reñida; girará en torno a una multitud de problemas candentes, principalmente en torno a problemas prácticos que tienen una importancia primordial para el pueblo. Nuestro nuevo sistema electoral hará andar derechas a nuestras instituciones y organizaciones y las obligará a mejorar su trabajo. Las elecciones generales, iguales, directas y secretas en la Unión Soviética, pondrán en manos de la población un látigo contra los órganos de poder que trabajen mal. Nuestra nueva constitución soviética será, a mi juicio, la constitución más democrática de cuantas existen en el mundo.

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