¿Qué es el internacionalismo? [Clásicos]


Kautsky se cree y proclama internacionalista con la mayor convicción. Califica de «socialistas gubernamentales» a los Scheidemann. En la defensa que hace de los mencheviques —él no dice francamente que se solidariza con ellos, pero aplica todas sus ideas—, Kautsky ha demostrado con extraordinaria evidencia la calidad de su «internacionalismo». Y como Kautsky no está solo, sino que representa una corriente [48] nacida inexorablemente en el ambiente de la II Internacional —Longuet en Francia, Turati en Italia, Nobs, Grimm, Graber y Naine en Suiza, Ramsa y MacDonald en Inglaterra, etc—, es instructivo detenerse en el «internacionalismo» de Kautsky.
Después de subrayar que los mencheviques estuvieron también en Zimmerwald [49] —diploma, sin duda, pero… un poco deteriorado—, Kautsky traza el siguiente cuadro de las ideas de los mencheviques, con los cuales se muestra de acuerdo:
«… Los mencheviques deseaban la paz universal. Querían que todos los beligerantes aceptasen la consigna de «sin anexiones ni contribuciones». Mientras esto no se consiguiera, el ejército ruso, según ellos, debía mantenerse en disposición de combate. En cambio, los bolcheviques exigían la paz inmediata a toda costa, estaban dispuestos a concertar una paz por separado en caso de necesidad; procuraban imponerla por la fuerza, aumentando la desorganización del ejército, que ya de por sí era grande»(pág.27). Según Kautsky, los bolcheviques no debieron tomar el poder, sino contentarse con la Constituyente.
Así pues, el internacionalismo de Kautsky y de los mencheviques consiste en lo siguiente: exigir reformas del gobierno burgués imperialista, pero continuar sosteniéndolo, continuar sosteniendo la guerra dirigida por este gobierno hasta que todos los beligerantes hayan aceptado la consigna de «sin anexiones ni contribuciones». Esta idea la han expresado muchas veces Turati, los kautskianos —Haase y otros— y Longuet y Cía., los cuales manifestaron que estaban por la «defensa de la patria».
Desde el punto de vista teórico, eso supone total incapacidad de separarse de los socialchovinistas y un completo embrollo en el problema de la defensa de la patria. Desde el punto de vista político, sustituir el internacionalismo por un nacionalismo pequeñoburgués y pasarse al lado del reformismo, renegar de la revolución.

Reconocer la «defensa de la patria» es, desde el punto de vista del proletariado, justificar esta guerra, legitimarla. Y como la guerra sigue siendo imperialista —tanto bajo la monarquía como bajo la república—, lo mismo si los ejércitos adversarios están en un momento dado en territorio propio como si se encuentran en territorio extranjero, reconocer la defensa de la patria es, de hecho, apoyar a la burguesía imperialista y depredadora, hacer traición completa al socialismo. En Rusia, con Kerenski, con una república democrática burguesa, la guerra seguía siendo imperialista porque la hacía la burguesía como clase dominante —y la guerra es «continuación de la política»—; con particular evidencia han demostrado el carácter imperialista de la guerra los tratados secretos que sobre el reparto del mundo y el pillaje de otros países había concertado el ex zar con los capitalistas de Inglaterra y Francia.
Los mencheviques engañaban miserablemente al pueblo, diciendo que se trataba de una guerra defensiva o revolucionaria; y Kautsky, al aprobar la política de los mencheviques, aprueba que se engañe al pueblo, aprueba el papel de los pequeños burgueses, quienes, para complacer al capital, embaucan a los obreros y los atan al carro del imperialismo. Kautsky mantiene una política pequeñoburguesa, filistea típica, imaginándose —e inculcando a las masas esa idea absurda— que el lanzar una consigna cambia las cosas. Toda la historia de la democracia burguesa pone al desnudo esta ilusión: para engañar al pueblo, los demócratas burgueses han lanzado y lanzan siempre todas las «consignas» que se quiera. El problema consiste en comprobar su sinceridad, en confrontar las palabras con los hechos, en no contentarse con frases idealistas o vanilocuentes, sino en ver la realidad de clase. La guerra imperialista no deja de serlo cuando los charlatanes o los pequeños burgueses filisteos lanzan una «consigna» dulzona, sino únicamente cuando la clase que dirige la guerra imperialista y está ligada a ella con millones de hilos —incluso de maromas— de carácter económico, es en realidad derribada y sustituida en el poder por la clase verdaderamente revolucionaria, el proletariado. De otro modo es imposible librarse de una guerra imperialista, así como de una paz imperialista, depredadora.
Al aprobar la política exterior de los mencheviques, al calificarla de internacionalista y zimmerwaldiana, Kautsky pone al descubierto, primero, toda la podredumbre de la mayoría oportunista de Zimmerwald —¡por algo nos separamos inmediatamente nosotros, la izquierda de Zimmerwald, de dicha mayoría!—, y, segundo —y esto es lo principal—, pasa del punto de vista proletario al pequeñoburgués, de la posición revolucionaria a la reformista.
El proletariado lucha para derribar a la burguesía imperialista mediante la revolución; la pequeña burguesía propugna el «perfeccionamiento» reformista del imperialismo, la adaptación a él, sometiéndose a él. Cuando Kautsky era todavía marxista, por ejemplo, en 1909, al escribir «El camino al poder», defendía precisamente la idea de que la revolución era inevitable en caso de guerra, hablaba de la proximidad de una era de revoluciones. «El Manifiesto de Basilea» de 1912 habla clara y terminantemente de la revolución proletaria derivada de la guerra imperialista entre los grupos alemán e inglés, que fue precisamente la que estalló en 1914. Y en 1918, cuando han comenzado las revoluciones derivadas de la guerra, en vez de explicar su carácter inevitable, en vez de meditar y concebir hasta el fin la táctica revolucionaria, los medios y los procedimientos de prepararse para la revolución, Kautsky se dedica a llamar internacionalismo a la táctica reformista de los mencheviques. ¿No es esto una apostasía?
Kautsky elogia a los mencheviques porque insistieron en que se mantuviera el ejército en disposición de combate. Censura a los bolcheviques el haber acentuado la «desorganización del ejército», que ya de por si era grande. Esto significa elogiar el reformismo y la subordinación a la burguesía imperialista, censurar la revolución y renegar de ella, porque mantener bajo Kerenski la disposición de combate significaba y era conservar el ejército con mandos burgueses —aun cuando fuesen republicanos—. Todo el mundo sabe —y el curso de los acontecimientos lo ha demostrado con evidencia— que el ejército republicano conservaba el espíritu kornilovista, pues los mandos eran kornilovistas. La oficialidad burguesa no podía menos de ser kornilovista, de tender al imperialismo, al sojuzgamiento violento del proletariado. La táctica de los mencheviques se reducía en la práctica a dejar intactas todas las bases de la guerra imperialista, todas las bases de la dictadura burguesa, arreglando detalles de poca monta y componiendo pequeños defectos —«reformas»—.
Y a la inversa. Sin «desorganización» del ejército no se ha producido ni puede producirse ninguna gran revolución. Porque el ejército es el instrumento más anquilosado en que se apoya el viejo régimen, el baluarte más anquilosado de la disciplina burguesa y de la dominación del capital, del mantenimiento y la formación de la mansedumbre servil de los trabajadores ante el capital y la sumisión de ellos a éste. La contrarrevolución no ha tolerado ni pudo tolerar jamás que junto al ejército existieran obreros armados. En Francia —escribió Engels—, los obreros siguieron armados después de cada revolución; «por eso, el desarme de los obreros era el primer mandamiento de los burgueses que se hallaban al frente del Estado» [50]. Los obreros armados eran el embrión de un ejército nuevo, la célula orgánica de un nuevo régimen social. Aplastar esta célula, impedir su crecimiento era el primer mandamiento de la burguesía. El primer mandamiento de toda revolución triunfante —Marx y Engels lo han subrayado muchas veces— ha sido deshacer el viejo ejército, disolverlo y remplazarlo con un ejército nuevo [51]. La clase social nueva que se alza a la conquista del poder, jamás ha podido ni puede ahora conseguir ese poder ni afianzarse en él sin descomponer por completo el antiguo ejército —«desorganización», claman con este motivo los pequeños burgueses reaccionarios o sencillamente cobardes—; sin pasar por un período sembrado de dificultades y pruebas, falto de todo ejército —la Gran Revolución Francesa pasó también por ese período terrible—; sin formar poco a poco, en dura guerra civil, el nuevo ejército, la nueva disciplina, la nueva organización militar de una nueva clase. El historiador Kautsky lo comprendía antes. El renegado Kautsky lo ha olvidado.
¿Con qué derecho llama Kautsky «socialistas gubernamentales» a los Scheidemann, cuando él mismo aprueba la táctica de los mencheviques en la revolución rusa? Los mencheviques, que apoyaban a Kerenski y entraron a formar parte de su ministerio, eran igualmente socialistas gubernamentales. Kautsky en modo alguno podrá rehuir esta conclusión, si es que intenta referirse a la clase dominante que hace la guerra imperialista. Pero rehúye hablar de la clase dominante, problema obligatorio para un marxista, porque sólo el plantearlo bastaría para desenmascarar a un renegado.
Los kautskianos de Alemania, los longuetistas de Francia y Turati y Cía. de Italia, razonan del modo siguiente: el socialismo presume la igualdad y la libertad de las naciones, su libre determinación; por tanto, cuando nuestro país es atacado o invadido por tropas enemigas, los socialistas tienen el derecho y el deber de defender la patria. Pero este razonamiento es, desde el punto de vista teórico, una burla completa del socialismo o un vil subterfugio, y en el terreno práctico de la política coincide con el de un patán de supina ignorancia que no sabe pensar siquiera ni en el carácter social de la guerra, en su carácter de clase, ni en las tareas de un partido revolucionario durante una guerra reaccionaria.
El socialismo se opone a la violencia ejercida contra las naciones. Esto es indiscutible. Pero el socialismo se opone en general a la violencia ejercida contra el hombre; sin embargo, excepto los anarquistas cristianos y los seguidores de Tolstói [52], nadie ha deducido todavía de ello que el socialismo se oponga a la violencia revolucionaria. Por tanto, hablar de «violencia» en general, sin distinguir las condiciones que diferencian la violencia reaccionaria de la revolucionaria, es equipararse a un filisteo que reniega de la revolución o bien, sencillamente, engañarse uno mismo y engañar a los demás con sofismas.
Otro tanto puede afirmarse de la violencia ejercida contra las naciones. Toda guerra es violencia contra naciones, pero ello no basta para que los socialistas estén a favor de la guerra revolucionaria. El carácter de clase de una guerra es lo fundamental que se plantea un socialista —si no es un renegado—. La guerra imperialista de 1914-1918 es una guerra entre dos grupos de la burguesía imperialista que se disputan el reparto del mundo, el reparto del botín, que quieren expoliar y ahogar a las naciones pequeñas y débiles. Así es como calificó la guerra el «Manifiesto de Basilea» de 1912, y los hechos han confirmado esa calificación. Quien se aparte de este punto de vista sobre la guerra no es socialista.
Si un alemán del tiempo de Guillermo II o un francés del tiempo de Clemenceau dice: «Como socialista, tengo el derecho y el deber de defender mi patria si el enemigo la invade», no razona como socialista, como internacionalista, como proletario revolucionario, sino como pequeño burgués nacionalista. Porque en este razonamiento desaparece la lucha revolucionaria de clase del obrero contra el capital, desaparece la apreciación de toda la guerra en conjunto, desde el punto de vista de la burguesía mundial y del proletariado mundial, es decir, desaparece el internacionalismo y no queda sino un nacionalismo deplorable y rutinario. Se agravia a mi país, lo demás no me importa: a esto se reduce tal razonamiento, y en ello reside su estrechez nacionalista y pequeñoburguesa. Es como si alguien razonara así en relación con la violencia individual contra una persona: «el socialismo se opone a la violencia; por eso, yo prefiero hacer traición antes que ir a la cárcel».
El francés, alemán o italiano que dice: «el socialismo condena la violencia ejercida contra las naciones, y por eso yo me defiendo contra el enemigo que invade mi país», traiciona al socialismo y al internacionalismo. Ese hombre no ve más que su «país», coloca por encima de todo a «su»… burguesía, sin pensar en los vínculos internacionales que hacen imperialista la guerra, que hacen de su burguesía un eslabón de la cadena del bandidaje imperialista.
Todos los pequeños burgueses y todos los patanes sandios e ignorantes razonan exactamente igual que los renegados —kautskianos, longuetistas, Turati y Cía.—, o sea: el enemigo está en mi país, lo demás no me importa*.
[*Los socialchovinistas —los Scheidemann, los Renaudel, los Henderson, los Gompers y cía.— no quieren oír hablar de la «Internacional» durante la guerra. Consideran a los enemigos de «su» burguesía «traidores»… al socialismo. Preconizan la política de conquistas de su burguesía. Los socialpacifistas —es decir, socialistas de palabra y pacifistas pequeñoburgueses de hecho— expresan todo género de sentimientos «internacionalistas», protestan contra las anexiones, etc.; pero, de hecho, continúan apoyando a su burguesía imperialista. No es grande la diferencia existente entre los dos tipos, algo así como entre un capitalista que pronuncia discursos atrabiliarios y otro que los pronuncia melifluos.]
El socialista, el proletario revolucionario, el internacionalista razona de otra manera: el carácter de la guerra —cómo es, reaccionaria o revolucionaria— no depende de quién haya atacado ni del territorio en que esté el «enemigo», sino de la clase que sostiene la guerra y de la política continuada por esa guerra concreta. Si se trata de una guerra imperialista reaccionaria, es decir, de una guerra entre dos grupos mundiales de la burguesía imperialista, despótica, expoliadora y reaccionaria, toda burguesía —incluso la de un pequeño país— se hace cómplice de la rapiña, y yo, representante del proletariado revolucionario, tengo el deber de preparar la revolución proletaria mundial como única salvación de los horrores de la matanza mundial. No debo razonar desde el punto de vista de «mi» país —porque ésta es la manera de razonar del pequeño burgués nacionalista, desgraciado cretino que no comprende que es un juguete en manos de la burguesía imperialista—, sino desde el punto de vista de mi participación en la preparación, propaganda y acercamiento de la revolución proletaria mundial.
Eso es internacionalismo, ése es el deber del internacionalista, del obrero revolucionario, del verdadero socialista. Ese es el abecé que «olvida» el renegado Kautsky. Pero su apostasía se hace más evidente aún cuando, después de dar el visto bueno a la táctica de los nacionalistas pequeñoburgueses —mencheviques en Rusia, longuetistas en Francia, Turati en Italia, Haase y Cía. en Alemania—, pasa a criticar la táctica bolchevique. Veamos esta crítica:
«La revolución bolchevique se basaba en la hipótesis de que sería el punto de partida para la revolución general europea, de que la osada iniciativa de Rusia incitaría a todos los proletarios de Europa a levantarse.
 
Partiendo de este supuesto, poco importaban, naturalmente, las formas que pudiera tomar la paz separada rusa, los sacrificios y las pérdidas territoriales —literalmente, mutilaciones, Verstümmelungen— que trajera al pueblo ruso, la interpretación que diera a la libre determinación de las naciones. Entonces carecía también de importancia si Rusia era o no capaz de defenderse. Desde este punto de vista, la revolución europea era la mejor defensa de la revolución rusa y debía dar a todos los pueblos del antiguo territorio ruso una verdadera y completa autodeterminación.
 
La revolución en Europa, que debía instaurar y afianzar allí el socialismo, tenía que servir también para apartar los obstáculos que el atraso económico del país ponía a la realización de una producción socialista en Rusia.
 
Todo esto era muy lógico y bien fundado, siempre que se admitiera una hipótesis fundamental: la revolución rusa tiene que desencadenar indefectiblemente la europea. Pero, ¿y en el caso de que no suceda así?
Hasta hoy no se ha confirmado esta hipótesis. Y ahora se acusa a los proletarios de Europa de haber abandonado y traicionado a la revolución rusa. Es una acusación contra desconocidos, porque ¿a quién puede hacerse responsable de la conducta del proletariado europeo?» (pág.28).
Y Kautsky machaca sobre esto, añadiendo que Marx, Engels y Bebel se equivocaron más de una vez en lo que respecta al estallido de la revolución que esperaban, pero que nunca basaron su táctica en la espera de la revolución «a fecha fija» (pág.29), mientras que, según él, los bolcheviques «lo han jugado todo a la carta de la revolución general europea».
Hemos reproducido expresamente una cita tan larga para que el lector pueda ver con qué «habilidad» falsifica Kautsky el marxismo, sustituyéndolo con una trivial y reaccionaria concepción filistea.
Primero, atribuir al adversario una evidente necedad luego refutarla es procedimiento de personas no muy inteligentes. Hubiera sido una tontería indiscutible por parte de los bolcheviques fundar su táctica en la espera de la revolución a fecha fija en otros países. Pero el partido bolchevique no la hizo: en mi carta a los obreros norteamericanos —20 de agosto de 1918— yo la descarto abiertamente, diciendo que contamos con la revolución en Norteamérica, pero no para una fecha determinada. En mi polémica con los eseristas de izquierda [53] y los «comunistas de izquierda» [54] —de enero a marzo de 1918— he expuesto repetidas veces la misma idea. Kautsky recurre a una pequeña… a una pequeñísima treta, fundando en ella su crítica del bolchevismo. Kautsky mete en un mismo saco la táctica que cuenta con la revolución europea para una fecha más o menos próxima, pero no fija, y la táctica que espera la revolución europea a fecha fija. ¡Una pequeña, una pequeñísima adulteración!
La segunda táctica es una estupidez. La primera es obligatoria para el marxista, para todo proletario revolucionario y para todo internacionalista; obligatoria, porque es la única que tiene en cuenta acertadamente, como lo exige el marxismo, la situación objetiva resultante de la guerra en todos los países de Europa, la única que responde a las tareas internacionales del proletariado.
¡Tras de sustituir el gran problema de los principios de la táctica revolucionaria en general por la mezquina cuestión del error que hubieran podido cometer los revolucionarios bolcheviques, pero que no han cometido, Kautsky ha renegado sin el menor tropiezo de la táctica revolucionaria en general!
Renegado en política, en teoría no sabe ni plantear el problema de las premisas objetivas de la táctica revolucionaria.
Y aquí hemos llegado al segundo punto.
Segundo, todo marxista debe contar con la revolución europea si es que existe una situación revolucionaria. Es el abecé del marxismo que la táctica del proletariado socialista no puede ser la misma cuando se encuentra ante una situación revolucionaria y cuando ésta no existe.
Si Kautsky se hubiera planteado esta cuestión, obligatoria para todo marxista, habría visto que la respuesta iba indudablemente contra él. Mucho antes de la guerra, todos los marxistas, todos los socialistas estaban de acuerdo en que la conflagración europea daría lugar a una situación revolucionaria. Kautsky lo admitía clara y terminantemente cuando aún no era renegado, tanto en 1902 —La revolución social— como en 1909 —El camino al poder—. El Manifiesto de Basilea lo reconoció en nombre de toda la II Internacional: ¡Por algo los socialchovinistas y los kautskianos —los «centristas», gentes que vacilan entre los revolucionarios y los oportunistas— de todos los países temen como al fuego las correspondientes declaraciones del Manifiesto de Basilea!
Por tanto, el esperar una situación revolucionaria en Europa no era un arrebato de los bolcheviques, sino la opinión general de todos los marxistas. Cuando Kautsky se desentiende de esta verdad indiscutible, diciendo que los bolcheviques «han creído siempre en el poder omnímodo de la violencia y de la voluntad», eso no es más que una frase vacía que encubre la huida, la vergonzosa huida de Kautsky el planteamiento del problema de la situación revolucionaria.
Prosigamos. ¿Estamos o no en presencia de una situación revolucionaria? Tampoco esto ha sabido plantearlo Kautsky. Responden a esta pregunta hechos de orden económico: el hambre y la ruina, a que en todas partes ha dado lugar la guerra, implican una situación revolucionaria. Responden también a esa pregunta hechos de carácter político: desde 1915 se observa ya en todos los países un claro proceso de escisión en los viejos y podridos partidos socialistas, un proceso en virtud del cual las masas del proletariado se separan de los jefes socialchovinistas para orientarse hacia la izquierda, hacia las ideas y tendencias revolucionarias, hacia los dirigentes revolucionarios.
El 5 de agosto de 1918, cuando Kautsky escribía su folleto, sólo a un hombre que temiera la revolución y la traicionara se le podían escapar esos hechos. Ahora, a fines de octubre de 1918, la revolución avanza ante los ojos de todos, y con gran rapidez, en una serie de países de Europa. ¡¡El «revolucionario» Kautsky, que quiere continuar pasando por marxista, resulta un filisteo miope que, como los filisteos de 1847, de los que se burlaba Marx, no ha visto la revolución que se aproxima!!
Hemos llegado al tercer punto.
Tercero, ¿cuáles son las particularidades de la táctica revolucionaria, aceptando que existe en Europa una situación revolucionaria? Kautsky, convertido en renegado, tiene miedo de plantearse esta cuestión, que es obligatoria para todo marxista. Razona como un típico pequeño burgués filisteo o como un campesino ignorante: ¿ha estallado o no «la revolución general europea»? ¡Si ha estallado, también él está dispuesto a hacerse revolucionario! ¡Pero en ese caso —hacemos notar nosotros— cualquier canalla —como los granujas que se cuelan a veces entre los bolcheviques victoriosos— se declarará revolucionario!
¡En caso contrario, Kautsky vuelve la espalda a la revolución! Ni por asomo comprende una verdad: lo que distingue al marxista revolucionario del pequeño burgués y del filisteo es el saber predicar a las masas ignorantes la necesidad de la revolución que madura, demostrar que es inevitable, explicar que es útil para el pueblo, preparar para ella al proletariado y a todas las masas trabajadoras y explotadas.
Kautsky ha atribuido a los bolcheviques la insensatez de que lo habían jugado todo a una carta, esperando que la revolución europea se produciría a fecha fija. Esta insensatez se ha vuelto contra Kautsky, porque resulta, según él mismo, que ¡la táctica de los bolcheviques habría sido justa si la revolución hubiera estallado en Europa el 5 de agosto de 1918! Esta es la fecha que pone Kautsky a su folleto. ¡Y cuando algunas semanas después de ese 5 de agosto se ha visto con claridad meridiana que la revolución se avecina en una serie de países europeos, toda la apostasía de Kautsky, toda su falsificación del marxismo, toda su incapacidad para razonar como revolucionario e incluso plantear las cuestiones a lo revolucionario aparecieron en todo su esplendor!
Acusar de traición a los proletarios de Europa —escribe Kautsky— es acusar a desconocidos.
¡Se equivoca usted, señor Kautsky! Mírese al espejo y verá a los «desconocidos» contra quienes va dirigida la acusación. Kautsky se hace el ingenuo, finge no comprender quién lanza la acusación ni qué sentido tiene. En realidad, sabe perfectamente que esta acusación la han lanzado y la lanzan los socialistas de «izquierda» alemanes, los espartaquistas [55], Liebknecht; y sus amigos. Esta acusación expresa la clara conciencia de que el proletariado alemán incurrió en una traición con respecto a la revolución rusa —e internacional— al aplastar a Finlandia, Ucrania, Letonia y Estlandia. Esta acusación va dirigida, ante todo y sobre todo, no contra la masa, siempre oprimida, sino contra los jefes que, como Scheidemann y Kautsky, no han cumplido con su deber de agitación revolucionaria, de propaganda revolucionaria, de trabajo revolucionario entre las masas para superar la inercia de éstas; contra los jefe cuya actuación contradecía de hecho los instintos y las aspiraciones revolucionarias siempre latentes en la entraña de la masa de una clase oprimida. Los Scheidemann han traicionado franca, grosera y cínicamente al proletariado, la mayor parte de las veces por motivos egoístas y se han pasado al campo de la burguesía. Los kautskianos y longuetistas han hecho lo mismo titubeando, vacilando, mirando cobardemente a los que eran en aquel momento fuertes. Durante la guerra, Kautsky, con todos sus escritos no ha hecho más que apagar el espíritu revolucionario en vez de mantenerlo y fomentarlo.
¡Como un monumento del beotismo pequeñoburgués del jefe «medio» de la socialdemocracia oficial alemana quedará en la historia el que Kautsky no comprenda siquiera el gigantesco valor teórico y la importancia aún más grande que para la agitación y la propaganda tiene esta «acusación» de que los proletarios de Europa han traicionado a la revolución rusa! ¡Kautsky no comprende que esta «acusación», bajo el régimen de censura del «imperio» alemán, es casi la única forma en que los socialistas alemanes que no han traicionado al socialismo, Liebknecht y sus amigos, expresan su llamamiento a los obreros alemanes para que derriben a los Scheidemann y a los Kautsky, aparten a tales «jefes» y se desembaracen de sus prédicas, que les embotan y envilecen; para que se levanten a pesar de ellos, sin ellos y por encima de ellos, hacia la revolución, a la revolución!
Kautsky no lo comprende. ¿Cómo puede comprender, pues, la táctica de los bolcheviques? ¿Cómo puede esperarse que un hombre que reniega de la revolución en general, sopese y aprecie las condiciones del desarrollo de la revolución en uno de los casos más «difíciles»?
La táctica de los bolcheviques era acertada, era la única táctica internacionalista, porque no se basaba en un temor cobarde a la revolución mundial, en una «falta de fe» filistea en ella, en su deseo estrechamente nacionalista de defender a «su» patria —la patria de su burguesía—, desentendiéndose del resto; estaba basada en una apreciación acertada —antes de la guerra y de la apostasía de los socialchovinistas y socialpacifistas, todo el mundo la admitía— de la situación revolucionaria europea. Esta táctica era la única internacionalista, porque llevaba a cabo el máximo de lo realizable en un solo país para desarrollar, apoyar y despertar la revolución en todos los países. Esa táctica ha quedado probada por un éxito enorme, porque el bolchevismo —y no debido a los méritos de los bolcheviques rusos, sino en virtud de la profundísima simpatía que por doquier sienten las masas por una táctica verdaderamente revolucionaria— se ha hecho mundial, ha dado una idea, una teoría, un programa y una táctica que se diferencian concreta y prácticamente del socialchovinismo y del socialpacifismo. El bolchevismo ha rematado a la vieja Internacional podrida de los Scheidemann y los Kautsky, de los Renaudel y los Longuet, de los Henderson y los MacDonald que ahora se atropellaran unos a otros, soñando con la «unidad» y resucitando un cadáver. El bolchevismo ha creado la base ideológica y táctica de la III Internacional, verdaderamente proletaria y comunista, que tiene en cuenta tanto las conquistas del tiempo de paz como la experiencia de la era de revoluciones que ha comenzado.
El bolchevismo ha popularizado en el mundo entero la idea de la «dictadura del proletariado», ha traducido estas palabras primero del latín al ruso y después a todas las lenguas del mundo, mostrando con el ejemplo del Poder soviético que los obreros y los campesinos pobres, incluso en un país atrasado, incluso los de menor experiencia, los menos instruidos y menos habituados a la organización, han podido, durante un año entero, rodeados de gigantescas dificultades, luchando contra los explotadores —a los que apoyaba la burguesía de todo el mundo—, mantener el poder de los trabajadores, crear una democracia infinitamente más elevada y amplia que todas las democracias anteriores en el mundo, iniciar el trabajo fecundo de decenas de millones de obreros y campesinos para la realización práctica del socialismo.
El bolchevismo ha favorecido en la práctica el desarrollo de la revolución proletaria en Europa y América como ningún otro partido en ningún otro país lo había hecho hasta ahora. Al mismo tiempo que los obreros de todo el mundo comprenden con mayor claridad cada día que la táctica de los Scheidemann y de los Kautsky no libraba de la guerra imperialista ni de la esclavitud asalariada bajo el poder de la burguesía imperialista, que esta táctica no sirve de modelo para todos los países, las masas proletarias del mundo entero comprenden cada día con mayor claridad que el bolchevismo ha señalado el camino certero para salvarse de los horrores de la guerra y del imperialismo, que el bolchevismo sirve de modelo de táctica para todos.
La revolución proletaria madura ante los ojos de todos, no sólo en Europa entera, sino en el mundo, y la victoria del proletariado en Rusia la ha favorecido, acelerado y sostenido. ¿Que todo esto no basta para el triunfo completo del socialismo? Desde luego, no basta. Un solo país no puede hacer más. Pero, gracias al Poder soviético, este país ha hecho tanto, sin embargo, él solo que incluso si mañana el Poder soviético ruso fuera aplastado por el imperialismo mundial, por una coalición, supongamos, entre el imperialismo alemán y el anglo-francés, incluso en este caso, el peor de los peores, la táctica bolchevique habría prestado un servicio extraordinario al socialismo y habría apoyado el desarrollo de la invencible revolución mundial.
Notas
[48] Se trata del «centrismo», corriente oportunista en el movimiento obrero internacional. Los centristas ocupaban en los partidos de la II Internacional una posición intermedia entre los oportunistas declarados y el ala izquierda, revolucionaria. Uno de los teóricos del centrismo fue Kautsky. Los centristas apoyaban al ala derecha de la socialdemocracia en todos los problemas principales y encubrían este apoyo con frases izquierdistas.
[49] Conferencia de Zimmerwald: primera conferencia socialista internacional que se celebró en Zimmerwald del 5 al 8 de septiembre de 1915. Lenin la denominó primer paso en el desarrollo del movimiento internacional contra la guerra. Asistieron a ella treinta y ocho delegados de los partidos y organizaciones de once países europeos. La conferencia eligió como órgano dirigente de la agrupación zimmerwaldiana la Comisión Socialista Internacional. En el seno de la agrupación se desplegaba una lucha entre la izquierda de Zimmerwald, encabezada por los bolcheviques, y la mayoría centrista kautskiana —denominada derecha de Zimmerwald—. Los centristas procuraban lograr la conciliación con los socialchovinistas y la reconstitución de la II Internacional. La izquierda de Zimmerwald exigía la escisión con los socialchovinistas, la lucha revolucionaria contra la guerra imperialista y la fundación de una Internacional nueva, revolucionaria y proletaria. La fuerza principal del grupo de izquierda de Zimmerwald la constituían los bolcheviques, que ocupaban la única posición internacionalista y consecuente hasta el fin.
[50] Lenin cita la Introducción de F. Engels a la obra de K. Marx «La guerra civil en Francia» (véase C. Marx y F. Engels. Obras Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. II, pág.190).
[51] Véase la obra de K. Marx «La guerra civil en Francia» (K. Marx y F. Engels. Obras Escogidas en tres tomos, ed. en español, t. II, pág.233).
[52] Seguidores de Tolstói: adeptos de la tendencia utópica y religiosa que se formó en el pensamiento y en el movimiento sociales de Rusia a fines del siglo XIX y comienzos del XX, basada en la doctrina del escritor y filósofo ruso Lev Tolstói. Los seguidores de Tolstói predicaban «el amor universal», la no oposición al mal y el perfeccionamiento religioso moral como medio de transformar la sociedad.
[53] Eseristas de izquierda: partido que se constituyó orgánicamente en su I Congreso de toda Rusia en noviembre de 1917. Los eseristas de izquierda habían existido antes como ala izquierda del partido de los eseristas que empezó a formarse durante la primera guerra mundial. En el II Congreso de los Soviets de toda Rusia, los eseristas de izquierda tenían la mayoría del grupo eserista que se escindió en el problema de la participación en el congreso: los derechistas abandonaron el congreso, obedeciendo las indicaciones del CC del partido de los eseristas, y los izquierdistas se quedaron en él y votaron con los bolcheviques en los problemas de mayor importancia del orden del día, si bien dando una respuesta negativa a la propuesta de los bolcheviques de entrar en el Gobierno soviético. Tras largas vacilaciones, los eseristas de izquierda aceptaron el acuerdo con los bolcheviques a fin de conservar su influencia en las masas campesinas; fueron incluidos representantes suyos en el Consejo de Comisarios del Pueblo. Aunque aceptaron la colaboración con los bolcheviques, los eseristas de izquierda discrepaban de ellos en los problemas cardinales de la revolución socialista e impugnaban la dictadura del proletariado. En enero-febrero de 1918, el CC del partido de los eseristas de izquierda se opuso a la conclusión del «Tratado de Paz de Brest», y cuando éste se hubo firmado, y fue luego ratificado por el IV Congreso de los Soviets en marzo de 1918, los eseristas de izquierda se salieron del Consejo de Comisarios del Pueblo, siguiendo, no obstante, en los cuerpos colegiados de los comisariados del pueblo y en los órganos locales de poder. Conforme se iba desplegando la revolución socialista en el campo, entre los eseristas de izquierda fueron cundiendo los ánimos antisoviéticos.
El 24 de junio de 1918, el CC de los eseristas de izquierda tomó el acuerdo de organizar un alzamiento contra el poder soviético. Tras sufrir una derrota en el V Congreso de los Soviets, asesinaron el 6 de julio de 1918, en Moscú, al conde de Mirbach, embajador alemán, con objeto de frustrar el «Tratado de Paz de Brest» y enzarzar al país soviético en una guerra con Alemania. A continuación desencadenaron una insurrección armada. Después de haber sido sofocada esta insurrección, denominada de julio, el V Congreso de los Soviets de toda Rusia acordó excluir de los Soviets a los eseristas de izquierda que compartían las opiniones de su cúspide dirigente. Habiendo perdido todo apoyo en las masas, el partido de los eseristas de izquierda emprendió el camino de la lucha armada contra el poder soviético. La parte de los eseristas de izquierda que estaba en pro de la colaboración con los bolcheviques formó los partidos de los «comunistas populistas» y de los «comunistas revolucionarios». Un número considerable de los militantes de estos partidos fueron admitidos posteriormente en el Partido Comunista.
[54] «Comunistas de izquierda»: grupo oportunista del PC (b) de Rusia encabezado por Bujarin; surgió a comienzos de 1918 con motivo de la conclusión de la paz de Brest. Encubriéndose con frases izquierdistas sobre la guerra revolucionaria, el grupo de los «comunistas de izquierda» propugnaba la política aventurera de llevar a la República Soviética, que aún no tenía ejército, a la guerra con la Alemania imperialista y ponía al poder soviético en peligro de muerte. Los comunistas de izquierda se pronunciaban también contra la introducción de la dirección unipersonal en las empresas y la disciplina laboral, así como contra el empleo de los especialistas burgueses en la industria. El partido dio, bajo la dirección de Lenin, enérgica réplica a la política de los «comunistas de izquierda».
[55] Espartaquistas: miembros del grupo Espartaco, organización revolucionaria de los socialdemócratas de izquierda alemanes. La fundaron a comienzos de la primera guerra imperialista mundial Carlos Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Clara Zetkin y otros. Los espartaquistas hacían propaganda revolucionaria entre las masas, organizaban acciones antibélicas, dirigían huelgas y denunciaban el carácter imperialista de la guerra mundial y la traición de los líderes oportunistas de la socialdemocracia. No obstante, los espartaquistas cometieron graves errores en problemas de teoría y política. Lenin criticó en varias ocasiones estos errores de los socialdemócratas de izquierda alemanes, ayudándoles a ocupar una posición adecuada.
En abril de 1917, los espartaquistas ingresaron en el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, de tendencia centrista, conservando en él su independencia orgánica. En noviembre de 1918, durante la revolución desencadenada en Alemania, los espartaquistas se constituyeron en Liga Espartaco y, tras de publicar el 14 de diciembre de 1918 su programa, rompieron con los «independientes». En el Congreso constitutivo, celebrado del 30 de diciembre de 1918 al 1 de enero de 1919, los espartaquistas fundaron el Partido Comunista de Alemania.
Vladimir Ilich Uliánov; Lenin
La revolución proletaria y el renegado Kautsky

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