Por la unidad de la clase obrera contra el fascismo: El papel de la socialdemocracia y su actitud ante el frente único del proletariado, Sobre el gobierno de frente único y La actitud que ha de adoptarse ante la democracia burguesa [Clásicos]


Estatua en homenaje a Georgi Dimitrov estacionada en Moscú.
El papel de la socialdemocracia  y su actitud ante el frente único del proletariado
Camaradas: desde el punto de vista de nuestras tareas tácticas tiene gran importancia la respuesta que demos a esta pregunta: ¿sigue siendo la socialdemocracia, en los momentos actuales, el sostén principal de la burguesía? ¿Y dónde?
Algunos de los camaradas que participaron en la discusión –como los camaradas Peter Florin y Palme Dutt–, rozaron este problema: pero dada su importancia es necesario darle una respuesta más completa. Es un problema que se plantean, y no pueden dejar de plantearse, los obreros de todas las tendencias, en particular de los obreros socialdemócratas.
En necesario tener presente que en toda una serie de países ha cambiado o está cambiando la situación de la socialdemocracia dentro del Estado burgués, y por tanto su actitud hacia la burguesía. En primer lugar la crisis ha quebrantado a fondo inclusive la situación de los sectores más favorecidos de la clase obrera, la así llamada aristocracia obrera, en la que, como se sabe, se apoya fundamentalmente la socialdemocracia. Y estos sectores comienzan a revisar cada vez más sus antiguas ideas acerca de la conveniencia de la política de colaboración de clase con la burguesía.
En segundo lugar, en una serie de países, como ya indiqué en mi informe, la propia burguesía se vio obligada a renunciar a la democracia burguesa y a recurrir de una forma más terrorista de su dictadura, privando a la socialdemocracia, no sólo de la posición que antes ocupaba dentro del sistema de Estado del capital financiero, sino también en determinadas circunstancias, de su existencia legal, sometiéndola a persecuciones e aun destruyéndola.
En tercer lugar, aleccionados por las enseñanzas de la derrota de los obreros de Alemania, Austria y España, derrota que fue, en lo fundamental, el resultado de la política socialdemócrata de colaboración de clase con la burguesía, y, por otra parte, estimulados por el triunfo del socialismo en la Unión Soviética, como resultado de la política bolchevique y de la aplicación del marxismo revolucionario, los obreros socialdemócratas se izquierdizan, comienzan a virar hacia la lucha de clases contra la burguesía. (3) (Se hace referencia a la derrota de la revolución alemana de 1918-1923, a la del movimiento revolucionario en Austria en 1934, y a la del movimiento revolucionario en España –Asturias– en 1934)

El conjunto de estas causas hace más difícil, y en algunos países sencillamente imposible que la socialdemocracia continúe desempeñando su antiguo papel de apoyo a la burguesía.

No comprender esto sería muy perjudicial para los países en que la dictadura fascista ha privado a la socialdemocracia de su existencia legal. Desde este punto de vista, ha sido justa la autocrítica de los camaradas alemanes que en sus discursos señalaban la necesidad de dejar de aferrarse a la letra de fórmulas y acuerdos caducados, relativos a la socialdemocracia, y pasar por alto los cambios operados en su seno. Es evidente que tal actitud nos llevaría a la tergiversación de nuestra línea, encaminada a establecer la unidad de la clase obrera, y facilitaría a los elementos reaccionarios de la socialdemocracia a su labor de sabotaje del frente único.

Pero el proceso de izquierdización que se opera en todos los países, en el seno de los partidos socialdemócratas, se desarrolla de un modo desigual. No hay que imaginarse la cosa como si los obreros socialdemócratas, que se están izquierdizando, fuesen a pasar de golpe y en masa, a la posición de la lucha consecuente de clases y unificarse con los comunistas directamente, sin ninguna etapa intermedia. En una seria de países, este será un proceso más o menos complejo y laborioso, que en todo caso dependerá en esencia de lo correcto de nuestra política y de nuestra táctica. Debemos contar inclusive con la posibilidad de que algunos partidos y organizaciones socialdemócratas, al pasar de la posición de la colaboración de clases con la burguesía a la lucha de clases contra ésta, continúen viviendo aún cierto tiempo como organizaciones y partidos independendientes. Y por supuesto, si tal cosa ocurre, no hay ni qué hablar de que tales organizaciones o partidos socialdemócratas no deberán considerarse como el sostén de la burguesía.

No hay que creer que los obreros socialdemócratas que se hallan bajo la influencia de la ideología de la colaboración, inculcada a lo largo de decenas de años, van a abandonar por sí mismos esta ideología bajo la acción de ciertas causas objetivas. No. Es deber nuestro, de los comunistas, ayudarlos a liberarse del paso de la ideología reformista. La explicación de los principios y del programa del comunismo debe realizarse con paciencia y camaradería, y en consonancia con el nivel de desarrollo político de cada obrero socialdemócrata. Nuestra crítica de la socialdemocracia deberá ser más concreta y sistemática. Tendrá que basarse en la experiencia de las propias masas socialdemócratas. Hay que tener presente que, basándose sobre todo en la experiencia de su lucha conjunta y hombro con hombro con los comunistas contra el enemigo de clase, podremos facilitar y acelerar a los obreros socialdemócratas su desarrollo revolucionario. Para que superen las vacilaciones y las dudas, no existe medio más eficaz que su participación en el frente único proletario.

Haremos cuanto depende de nosotros para facilitar la labor y la lucha común contra el enemigo de clase, no sólo con los obreros socialdemócratas, sino también con los militantes activos de los partidos y organizaciones socialdemócratas que deseen sinceramente pasar a la posición revolucionaria de clase. Pero al mismo tiempo declaramos: que los funcionarios socialdemócratas, militantes de filas y obreros, que sigan apoyando el juego divisionista de los jefes reaccionarios de la socialdemocracia y laborando contra el frente único, y que de este modo ayudan directa o indirectamente al enemigo de clase, contraerán ante la clase obrera una responsabilidad no menor que la responsabilidad histórica de quienes apoyaron la política socialdemócrata de colaboración de clase, política que en una serie de países europeos hizo fracasar la revolución de 1918 y allanó el camino al fascismo.

El problema de la actitud ante el frente único es la línea divisoria entre la parte reaccionaria de la socialdemocracia y los sectores que dentro de ella se van izquierdizando. Nuestra ayuda a la parte que se izquierdiza será más eficaz cuanto más intensa sea nuestra lucha contra el campo reaccionario de la socialdemocracia que mantiene una alianza con la burguesía. Y dentro del campo de izquierda la polarización de sus partidarios se desenvolverá con tanto mayor rapidez sea la decisión con que luchen los comunistas por el frente único con los partidos socialdemócratas. La experiencia práctica de la lucha de clases, y la participación de los socialdemócratas en el movimiento del frente único, se encargarán de demostrar quién dentro de este campo es de «izquierda de palabra» y quién es de izquierda de hecho.

Sobre el gobierno del frente único

Si la actitud de la socialdemocracia ante la realización de prácticas del frente único del proletariado, en general es en cada país el signo principal que indica si ha cambiado, y en qué medida, el antiguo papel del partido socialdemócrata o de algunos de sus sectores dentro del Estado burgués, el signo más claro de ello lo tendremos en la actitud de la socialdemocracia ante el problema del frente único.

En una situación en que el problema de la formación de un gobierno de frente único se inscriba en el orden del día como una tarea práctica inmediata, ese problema se convertirá en el decisivo, en la piedra de toque de la política de la socialdemocracia en el país dado: o con la burguesía fascistizante y contra la clase obrera, o con el proletariado revolucionario contra el fascismo y la reacción, y no de palabra, sino en los hechos. Así se planteará el ineludible problema, tanto en el momento de la formación, como en el de la permanencia en el poder del gobierno del frente único.

Acerca del carácter y de las condiciones para la formación del gobierno del frente único o del frente popular antifascista, creo, camaradas, que en mi informe quedó expuesto todo lo necesario para tener una orientación táctica general. Querer que, además de esto, señalemos todos los medios y condiciones posibles de formación, de semejante gobierno, significaría dejarse llevar a un juego estéril de adivinanzas.

Yo quería prevenirlos contra toda una tendencia a la simplificación y al esquematismo en este asunto. La vida es más compleja que cualquier esquema. Sería falso, por ejemplo, presentar la cosa como si el gobierno del frente único fuese una etapa obligatoria en la senda hacia la instauración de la dictadura del proletariado. Sería tan falso, como lo era antes presentar las cosas como si en los países fascistas no hubiese ninguna etapa intermedia y la dictadura del fascista tuviese que ser obligatoriamente y directamente sustituida por la dictadura del proletariado.

El nudo del problema está en saber si en el momento decisivo el proletariado estará en condiciones de derrocar directamente a la burguesía e instaurar su propio poder, y si podrá asegurarse, en ese caso, el apoyo de sus aliados, o si el movimiento del frente único del proletariado y del frente popular antifascista estará él mismo, en la etapa dada, en condiciones de aplastar al fascismo, sin poder pasar en forma directa a la liquidación de la dictadura de la burguesía. En ese caso, renunciar a formar y apoyar un gobierno de frente único o de frente popular basándose sólo en lo indicado más arriba, sería una miopía política inadmisible y no una política revolucionaria seria.

Tampoco es difícil comprender que la formación de un gobierno de frente único, en países en que el fascismo no está todavía en el poder, no es lo mismo que en los países de dictadura fascista. En éstos la formación de un gobierno de este tipo sólo es posible en el proceso del derrocamiento del poder fascista. En los países en que la revolución democrático-burguesa se desarrolla, el gobierno de frente popular podrá llegar a convertirse en el gobierno de la dictadura democrática de la clase obrera y el campesinado.

Como ya dije en mi informe, los comunistas apoyarán por todos los medios al gobierno de frente único en la medida en que luche efectivamente contra los enemigos del pueblo y conceda liberta de de acción al partido comunista y a la clase obrera. En cuanto al problema de participación de los comunistas en este gobierno, dependerá en forma exclusiva de la situación concreta. Los problemas de esta índole se resolverán en cada caso por sí mismos. Aquí no se puede dar ninguna receta preparada de antemano.

Actitud que ha de adoptarse hacia la democracia burguesa

En su discurso el camarada Lensky indicaba que en el partido polaco, que moviliza a las masas contra los ataques del fascismo a los derechos de los trabajadores, existía, sin embargo, miedo a formular de un modo positivo reivindicaciones democráticas para «no despertar ilusiones democráticas entre las masas». Este miedo a formular de un modo positivo reivindicaciones democráticas existe, de una u otra forma, no sólo en el partido polaco.

¿De donde proviene el temor, camaradas? De la concepción falsa, antidialéctica, de cómo se plantea el problema de nuestra actitud hacia la democracia burguesa. Los comunistas somos partidarios resueltos de la democracia soviética, cuya experiencia más grandiosa nos la ha dado la dictadura del proletariado en la URSS, donde en estos momentos, cuando en los países capitalistas se están liquidando los últimos restos de democracia burguesa, por resolución del VIIº Congreso de Soviets, celebrado el 6 de febrero de 1935, se introdujo el sufragio universal, igual, directo y secreto. Esta democracia soviética presupone el triunfo de la revolución proletaria, la transformación de la propiedad privada sobre los medios de producción en propiedad colectiva, el paso de la mayoría aplastante del pueblo en la senda del socialismo. Esta democracia no presenta una forma acabada, sino que progresa y seguirá progresando, en la medida en que se desarrolle con éxito la construcción socialista, con la creación de la sociedad sin clases y la superación de las supervivencias del capitalismo en la economía, y en la conciencia de los hombres.

Pero hoy millones de trabajadores, que viven bajo las condiciones del capitalismo, tienen necesariamente que determinar su actitud ante las formas que adquiere en los diversos países la dominación de la burguesía. Nosotros no somos anarquistas, y no puede en modo alguno sernos indiferente qué régimen político impera en un país dado: si la dictadura burguesa, aunque sea con los derechos y las libertades más restringidos, o la dictadura burguesa, en su forma descarada, fascista. Sin dejar de ser partidarios de la democracia soviética, defenderemos palmo a palmo las condiciones democráticas arrancadas por la clase obrera en años de lucha tenaz, y nos batiremos decididamente por ampliarlas.

¡Cuantas víctimas costó a la clase obrera de Inglaterra conseguir el derecho de huelga, la existencia legal de sus tradeuniones, la libertad de reunión y de prensa, la ampliación al derecho al sufragio, etc.! ¡Cuántas decenas de miles de obreros dieron su vida en los combates revolucionarios de Francia, a lo largo del siglo XIX, hasta conseguir arrancar los derechos elementales y la posibilidad legal de organizar sus fuerzas para lucha contra sus explotadores! El proletariado de todos los países derramó mucha sangre para conquistar las libertades democrático-burguesas, y se comprende que luche con todas sus fuerzas para conservarlas.

Nuestra actitud ante la democracia burguesa no es la misma en todas las circunstancias. Así por ejemplo, durante la Revolución de Octubre los bolcheviques rusos libraron una lucha, a vida o muerte, contra todos los partidos políticos que se alzaban contra la instauración de la dictadura del proletariado, bajo la bandera de la defensa de la democracia burguesa. Los bolcheviques luchaban contra estos partidos, porque la bandera de la democracia burguesa era entonces el banderín de enganche de todas las fuerzas contrarrevolucionarias para luchar contra el triunfo del proletariado. Otra es hoy la situación en los países capitalistas. Hoy, la contrarrevolución fascista ataca a la democracia burguesa, esforzándose por someter a los trabajadores al régimen más bárbaro de explotación y de aplastamiento. Hoy las masas trabajadoras de  una serie de países capitalistas se ven obligados a escoger, concretamente para el día de hoy, no entre la dictadura del proletariado y la democracia burguesa, sino entre la democracia burguesa y el fascismo.

Además, hoy la situación no es la que existía por ejemplo, en la época de estabilización del capitalismo. En ese momento no había un peligro tan inminente de fascismo como en los tiempos presentes. En aquella época, los obreros revolucionarios tenían entre sí, en una serie de países, la dictadura burguesa en forma de democracia burguesa, contra la cual concentraban su fuego principal. En Alemania luchaban contra la República de Weimar, no porque fuese una república, sino porque era una república burguesa que aplastaba el movimiento revolucionario del proletariado, particularmente en los años 1918-1920, 1923.

¿Pero podían los comunistas seguir manteniéndose en esa posición cuando el movimiento fascista empezaba a levantar su cabeza; cuando, por ejemplo, en 1932, en Alemania, los fascistas organizaban y armaban a cientos de miles de individuos de las secciones de asalto contra la clase obrera? Claro que no. El error de los comunistas, en una serie de países y en particular en Alemania, consistió en que no tuvieron en cuenta los cambios que se operaban, sino que continuaban repitiendo consignas y se aferraban a posiciones tácticas que habían sido justas unos años antes, sobre todo en momentos en que la lucha por la dictadura proletaria adquiría un carácter de actualidad y en que, bajo la bandera de la República de Weimar, se agrupaba, como ocurrió en 1918-1920, toda la contrarrevolución alemana.

Y el hecho de que todavía hoy se manifieste en nuestras filas el miedo que existe ante el planteamiento positivo de reivindicaciones democráticas, sólo confirma una cosa: hasta qué punto nuestras camaradas no han asimilado todavía el método marxista-leninista en el modo de abordar un problema tan importante de nuestra táctica. Hay quien dice que la lucha por los derechos democráticos podría desviar a los obreros de la lucha por la dictadura del proletariado. No estará de más recordar a este propósito a Lenin:

«Sería por completo erróneo pensar que la lucha por la democracia pueda distraer al proletariado de la revolución socialista, o relegarla, posponerla, etc. Por el contrario, del mismo modo que no puede haber socialismo triunfante si éste no realiza la plena democracia, el proletariado no puede prepararse para la victoria sobre la burguesía, sin librar una lucha en todos los aspectos, una lucha y revolucionaria por la democracia». (4) (Lenin, La revolución socialista y el derecho de las nacionalidades a la autodeterminación, 1916)

Estas palabras deben asimilarlas con fuerza, con mucha fuerza, todos nuestras camaradas, teniendo presente que de pequeños movimientos para la defensa de los derechos elementales de la clase obrera han brotado, en la historia, grandes revoluciones. Mas para saber enlazar la lucha por los derechos democráticos con la lucha de clase obrera por el socialismo, hay que renunciar, ante todo, a abordar de un modo esquemático el problema de la defensa de la democracia burguesa.

Georgi Dimitrov, Por la unidad de la clase obrera contra el fascismo; Discurso de resumen ante el VIIº Congreso de la Komintern, pronunciado durante el 13 de agosto de 1935

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