Clásicos: Principios y fundamentos de la filosofía. El idealismo de Berkeley


El mismo Lenin, en su libro, consagró numerosas páginas a la filosofía de Berkeley, y escribió:

Los filósofos idealistas más modernos no han producido contra los materialistas ningún… argumento que no pueda encontrarse en el obispo Berkeley.

He aquí la apreciación del inmaterialismo de Berkeley en un manual de historia de la filosofía difundido aún hoy en los liceos:

Teoría aún imperfecta, sin duda, pero admirable, y que debe destruir para siempre, en los espíritus filosóficos, la creencia en la existencia de una sustancia material.

Es decir, la importancia de ese razonamiento filosófico.

 

III. El idealismo de Berkeley

La finalidad de ese sistema consiste en demostrar que la materia no existe. Berkeley decía:

La materia no es lo que creemos, pensando que existe fuera de nuestro espíritu. Pensamos que las cosas existen porque las vemos, porque las tocamos; y como ellas nos brindan esas sensaciones, creemos en su existencia.

Pero nuestras sensaciones no son más que ideas que tenemos en nuestro espíritu. Así, pues, los objetos, que percibimos por nuestros sentidos no son otra cosa más que ideas, y las ideas no pueden existir fuera de nuestro espíritu.

Para Berkeley las cosas existen, no niega su naturaleza y su existencia, pero sólo existen en forma de sensaciones que nos las hacen conocer, y dice: “nuestras sensaciones y los objetos no son más que una sola y misma cosa”.

Las cosas existen, es verdad; pero en nosotros, en nuestro espíritu, y no tienen ninguna sustancia fuera del espíritu.

Concebimos, las cosas con. ayuda de la vista; las percibimos con ayuda del tacto; el olfato nos informa sobre el olor; el sabor, sobre el gusto; el oído sobre los sonidos. Estas diferentes sensaciones nos dan ideas que, combinadas unas con otras, hacen que nosotros les demos un nombre común y las consideremos como objetos.

Se observa por ejemplo, un color, un gusto, un olor, una forma, una consistencia determinada… se reconoce este conjunto como un objeto que se designa con la palabra manzana. Otras combinaciones de sensaciones nos dan otras colecciones de ideas que constituyen lo que se llama la piedra, el árbol, el libro y los otros objetos sensibles.

 

Somos víctimas de ilusiones, pues, cuando creemos conocer como exteriores el mundo y las cosas, puesto que todo eso no existe más que en nuestro espíritu.

En su libro Diálogos de Hylas y de Fylonus, Berkeley nos demuestra esta tesis de la manera siguiente:

¿No es un absurdo creer que una misma cosa en un mismo momento pueda ser diferente? Por ejemplo: ¿caliente y frío en el mismo instante. Imaginad, pues, que una de nuestras manos esté caliente, la otra fría, y que ambas manos se sumerjan al mismo tiempo en un vaso lleno de agua, a una temperatura intermedia: ¿no parecerá el agua caliente para una mano, fría para la otra?

Como es absurdo creer que una misma cosa en el mismo momento pueda ser en sí misma diferente, debemos sacar la conclusión de que esta cosa no existe sino en nuestro espíritu.

¿Qué hace, pues, Berkeley en su método de razonamiento y de discusión? Despoja los objetos, las cosas, de todas sus propiedades:

¿Decís que los objetos existen porque tienen un color, un sabor, un olor, porque son grandes o pequeños, livianos o pesados? Voy a demostraros que eso no existe en los objetos sino en vuestro espíritu.

He aquí un retal de tejido: me decís que es rojo. ¿Será así con seguridad? Pensáis que el rojo está en el tejido mismo.’¿Es cierto? Sabéis que hay animales que tienen ojos diferentes de los nuestros y que no verá rojo este tejido; del mismo modo, un hombre que tenga ictericia ¡lo verá amarillo! Entonces, ¿de qué color es? ¿Decís que eso depende? El rojo no está, pues, en el tejido, sino en el ojo, en nosotros.

¿Decís que ese tejido es liviano? Dejadlo caer sobre una hormiga y lo encontrará pesado. ¿Quién tiene razón? pues ¿Pensáis que es caliente? Si tuvierais fiebre, ¡lo encontrarías frío! Entonces, ¿es caliente o frío?

En una palabra, si las mismas cosas pueden ser en el mismo instante para unos rojas, pesadas, calientes, y para otros exactamente lo contrario, es que somos víctimas de ilusiones y que las cosas sólo existen en nuestro espíritu.

Despojando los objetos de todas sus propiedades, llegamos a decir que no existen más que en nuestro pensamiento, es decir, que la materia es la idea.

Ya antes que Berkeley, los filósofos griegos decían, y era exacto, que algunas cualidades, como el sabor, el sonido no estaban en las cosas mismas, sino en nosotros.

Lo que hay de nuevo en la teoría de Berkeley es justamente que se extiende esta observación a todas las cualidades de los objetos.

Los filósofos griegos habían establecido, entre las cualidades las cosas, la distinción siguiente:

Por una parte, las cualidades primarias, es decir, las que están en los objetos, como el tamaño, el peso, la resistencia, etc.

Por otra parte las cualidades secundarias, es decir, las que están en nosotros, como el color, el sabor, el calor, etc.

Berkeley aplica a las cualidades primarias la misma tesis que a las secundarias, a saber: que las cualidades las propiedades, no están en los objetos, sino en nosotros.

Si miramos el sol, lo vemos redondo, plano, rojo. La ciencia nos enseña que nos engañarnos, que el sol no es plano, no es rojo. Hacemos abstracción, pues, por la ciencia, de ciertas falsas propiedades que atribuimos al sol, pero sin sacar, por ello, la conclusión de que no existe. Sin embargo, Berkeley llega a esa conclusión.

Berkeley no se ha equivocado demostrando que la distinción de los antiguos no resistía el análisis científico, pero incurre en una falta de razonamiento, en un sofisma, sacando, de esas observaciones, consecuencias que no se admiten. Demuestra, en efecto, que las cualidades de las cosas no son tales como las muestran nuestros sentidos, es decir, que nuestros sentidos nos engañan y deforman la realidad material, y en seguida saca la conclusión de que ¡la realidad material no existe!

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