25 de Noviembre: contra la violencia machista, feminismo de clase y combativo


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El próximo lunes, 25 de Noviembre, es el día que las instituciones burguesas han marcado desde hace poco menos de dos décadas como el día contra la violencia de género. Como de costumbre, el cinismo y el oportunismo llenarán las calles de muchas ciudades con un discurso victimista que llorará a las 53 mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas en lo que va de año.

Nos oponemos frontalmente al pseudofeminismo burgués institucional por su doble cara: por un lado, salen cada 8 de Marzo y cada 25 de Noviembre a la calle a hacer su habitual ritual de lavado de imagen y, para cumplir (de modo formal) con lo dispuesto en la LO de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, aprueban la llamada “Estrategia Nacional para la Erradicación de la Violencia de Género 2013-2016”. Por otro, recortan los presupuestos destinados a la atención de las víctimas y a su reinserción social y laboral, no contabilizan las agresiones físicas machistas si las víctimas no pasan más de 48 horas ingresadas en un hospital, suprimen las competencias locales de Igualdad respecto a la asistencia a las víctimas y a las personas dependientes de estas (hijos e hijas, personas de edad avanzada, etc.) y aumentan los costes judiciales, provocando que solo el año pasado más de 15.000 mujeres trabajadoras retirasen las denuncias interpuestas debido a su imposibilidad para asumir dichos costes.

Reconstrucción Comunista no apoya las movilizaciones convocadas para el 25 de Noviembre porque la violencia machista no es solo un hombre asesinando a su pareja o expareja, como recogen los datos del CIS o la ONU. Para nosotros, la violencia machista es la que a diario ejerce el Estado burgués contra las mujeres de la clase obrera desprotegiéndolas ante su ley y recortándoles derechos. Las trabajadoras se han visto forzadas a dar otro paso atrás en el camino de su emancipación (y uno más en el incremento de la dependencia de las mujeres trabajadores respecto a los hombres, ya sea dependencia emocional o económica) a través de medidas antiobreras como la temporalidad del trabajo, la flexibilidad laboral (que incrementa el riesgo de despido y que afecta de manera visible a las mujeres) y recortes sociales como los implementados sobre los presupuestos destinados a la dependencia o el encarecimiento de las guarderías, que las confinan al hogar (en el caso de las mujeres en paro, a tiempo completo; en el caso de las que aún conservan un trabajo precario, haciendo dobles jornadas), para que cumplan con determinadas tareas (debido a los roles impuestos por el patriarcado según los cuales la mujer debe conciliar el trabajo productivo y el reproductivo). Tareas que el Estado burgués, al que no le suponen ningún coste de producción, no reconoce como trabajo.

No podemos dejar de destacar también el grave ataque contra las trabajadoras que supone la penalización del aborto, que pone por delante de la voluntad de las mujeres el criterio (frecuentemente ideológico) de los médicos y, además, atenta gravemente contra la salud de las trabajadoras con peores condiciones económicas, ya que recurren a peligrosas prácticas clandestinas para la interrupción de su embarazo debido a que no pueden costeársela en una clínica privada o en el extranjero. Pero el derecho a decidir de las mujeres no solo se ve coartado con la penalización del aborto sino también con la propia maternidad, pues los tratamientos de reproducción asistida de la sanidad pública ahora excluyen también a lesbianas y solteras. Esto, junto con la reclusión de las trabajadoras en el hogar, no son más que medidas reaccionarias de profundas raíces patriarcales (que buscan reforzar la familia nuclear y la esfera privada) que el Estado burgués exprime al máximo para aplastarnos como clase y en su beneficio. Es, por tanto, un despropósito desligar la lucha contra el patriarcado de la lucha contra el capitalismo, olvidar la raíz opresiva de clase que nos aplasta desde el Estado burgués como clase a todos los trabajadores y, a las mujeres, como trabajadoras y también como mujeres. La lucha feminista será de clase o no será: las comunistas no queremos arrimar el hombro con nuestras enemigas de clase. No será la burguesía la que nos conceda los derechos, como tampoco nos los concederán al proletariado. Solo el fin del capitalismo puede acabar con la raíz de la opresión de clase y género, y solo la construcción del socialismo garantizará la eliminación de todo resquicio del patriarcalismo que vertebra las relaciones sociales que se derivan del modo de producción capitalista.

¡Viva la lucha de la mujer trabajadora!
¡Por un feminismo de clase y combativo!

A modo de presentación

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