Siberia zarista, “Siberia” de la Inglaterra liberal y Gulag soviético.


¿Debemos aproximar o incluso asimilar el Gulag soviético al Konzentratiomlager nazi? Es una pregunta a la que se podría responder con otra: ¿por qué limitar la comparación sólo a estas dos realidades? En la Rusia de los zares -sentencia Conquest (siguiendo a Solzhenitsyn)- el universo concentracionario estaba menos superpoblado y era menos despiadado que en tiempos de Lenin y sobre todo de Stalin 411. Vale la pena recordar lo que Antón Chéjov escribía en 1890:

Hemos dejado marchitarse en prisión a millones de personas sin motivo, sin consideración alguna y de modo bárbaro; hemos arrastrado a esta gente encadenada al hielo a lo largo de decenas de miles de verstas, la hemos hecho contagiarse de sífilis y la hemos corrompido, hemos aumentado el número de criminales. Pero somos todos nosotros los que sin embargo tomamos frente a todo este asunto la distancia debida, casi como si no tuviese nada que ver con nosotros.

En el transcurso de su duración secular, el universo concentracionario zarista (que, a partir al menos de Pedro el Grande, de manera similar al Gulag intenta también procurarse la fuerza de trabajo necesaria para el desarrollo de las regiones más desoladas y menos desarrolladas) ha presentado a menudo trazos de extrema crueldad. Una vía dolorosa conducía a los condenados al exilio, es decir, al trabajo forzado en Siberia: «además de ser golpeados con el bastón, muchos de ellos sufrían la mutilación de una mano, de un pie, de una oreja, así como la humillación de ser marcados a fuego». Sí, en el siglo diecinueve se intentan eliminar «las formas más extremas de crueldad», pero se trata de medidas parciales que por lo demás no siempre tienen éxito. 412; De todo ello emerge cuán frágil es el intento de relativizar la Siberia zarista, con el fin de aislar al Gulag soviético y asimilarlo al Konzentrationslager nazi. Pero es más importante una consideración ulterior: ¡es metodológicamente incorrecta una comparación que equipara una condición de normalidad con un agudo estado de excepción! Leída con mayor conciencia crítica, la comparación realizada por Conquest puede tener un resultado opuesto al proclamado por él: solamente  en la Rusia prerevolucionaria la detención y deportación por vía administrativa es considerada una práctica normal, también en ausencia de conflictos y peligros particulares. En la Rusia soviética, sin embargo, el estado de excepción influye potentemente en la génesis y la configuración del universo concentracionario, que se hace más brutal cuanto más se aleja de las condiciones de normalidad.

Es necesario ahora dar un paso más adelante. Más allá de Rusia (zarista y soviética) y de Alemania, es necesario también convocar a otros países para la comparación. Al universo concentracionario realizado por la Inglaterra liberal le corresponde una función doble. A propósito de los «disidentes irlandeses» se ha observado que éstos «entre el siglo dieciocho y el diecinueve tuvieron en Australia su Siberia oficial», que al menos hasta 1868 engulle a «representantes de casi todos los movimientos radicales existentes en Gran Bretaña»413. Esto en lo que respecta a la represión. Pero es necesario no perder de vista la función económica de la “Siberia” liberal inglesa. Inmediatamente después de la Revolución Gloriosa, aumentan de manera masiva las sentencias que sancionan la pena de muerte. Esta recae tanto sobre los responsables del hurto de un chelín o de un pañuelo, como sobre los responsables del corte abusivo de un seto ornamental, y no pueden evitar el castigo ni siquiera los chicos de once años. Esta legislación terrorista, que con algún retoque perdura todavía en el siglo diecinueve, prevé una alternativa: los beneficiarios de la gracia son sometidos a una servidumbre penal, que los obliga a trabajar por un determinado número de años en colonias todavía poco aprovechadas y exploradas, en especial en Norteamérica y más tarde en Australia. En otras palabras; también en el ámbito económico Australia constituye la «Siberia» de la Inglaterra liberal: sus funciones disminuyen a medida que interviene el trabajo primero de los esclavos negros y después de los coolies indios y chinos además de otros pueblos coloniales414.

La  “Siberia” inglesa no es menos cruel que la zarista. De esta «sociedad totalitaria» que se desarrolla en Australia mientras se perpetúa al mismo tiempo el exterminio de los aborígenes, se hizo un retrato basado además en la literatura autobiográfica disponible y que resulta especialmente aterrador:

A intervalos impredecibles se reunía a los detenidos, se les contaba, y se les sometía a una inspección completa, con inspección de la boca y del ano […]. «La comida se llevaba a las diferentes escuadrillas en platos de madera o cubos de estaño que eran colocados frente a ellos como si fueran perros y cerdos, y como perros y cerdos tenían que llevársela a la boca» […]. La disciplina se apoyaba en la figura del delator […]. No hacer de espía se había convertido por tanto en un comportamiento sospechoso de por sí. No pasaba una semana sin que fueran desveladas retorcidas conspiraciones, con listas de nombres incluidas, en una carrera de delaciones […]. «Este tráfico de sangre humana […] era el único modo de obtener indulgencias». Para los soplos contaba bastante más el número que el contenido. Los delatores tenían sus cuotas de denuncias que alcanzar y eran «capaces de cualquier acto de traición y de sangre, no importaba cuán vil o aleatorio» […]. Las relaciones normales entre culpa y castigo se transmutaban en una ininterrumpida historia de sadismo, cuyo único objeto era mantener el terror […]. La autoridad se ejercía de manera absoluta y caprichosa […]. Los doscientos latigazos [de castigo] fueron repartidos [en más días…]. Los flageladores se llenaban tanto de sangre como nosotros […].El único modo resolutivo para acabar con el sufrimiento era el suicidio.

En efecto el suicidio no solamente era habitual, sino que era una práctica que a menudo implicaba a toda la comunidad de detenidos: «En un grupo de presos se echaban suertes entre dos hombres: al primero le tocaba morir, al segundo la tarea de matar al primero. Al resto el papel de testigos». De este modo, para los pocos días del viaje y del proceso (que se desarrollaba en Sidney, a cierta distancia de la “Siberia” propiamente dicha), antes de ir a la horca, el asesino podía disfrutar de la condición de detenido normal (el suyo en realidad era un suicidio indirecto y diferido). Y esta pausa les permitía a los testigos respirar, antes de volver al infierno y proceder eventualmente a un nuevo sorteo415.

(…)

Gulag, Konzentrationslager y el “Tercero ausente”

A partir de la invasión primero de Polonia, y después de la URSS, el universo concentracionario nazi parece retomar y agravar ulteriormente los capítulos más trágicos de la historia de la esclavitud colonial. Cuando, gracias a la trata de esclavos, la disponibilidad de esclavos era más bien ilimitada, los propietarios no tenían ningún interés económico en ahorrárselos; podían tranquilamente condenarlos a morir por sobrecarga de trabajo para sustituirlos por otros y extraer de cada uno la máxima ventaja
posible. Es así que -observa un economista decimonónico sobre el que Marx llama la atención- la florida agricultura de las Indias Occidentales «se ha tragado a millones de hombres de raza africana»; sí, «la vida de los negros es sacrificada sin ningún escrúpulo»427. La guerra desencadenada por Hitler en Europa oriental representa la forma nueva y todavía más brutal de la trata de esclavos. Capturados y exterminados en masa, los Untermenschen eslavos (los supervivientes de la germanización del territorio) son obligados a morir de sobrecarga de trabajo, con el fin de hacer posible la civilización de la raza de los Señores y alimentar su máquina de guerra; sufren una condición similar a la de los negros (del Caribe) a los que por otro lado son comparados explícitamente por el Führer.

El sistema carcelario reproduce las relaciones de la sociedad que lo expresa- En la URSS, dentro y fuera del Gulag, vemos funcionar una dictadura desarrollista que intenta movilizar y “reeducar” a todas las fuerzas en función de superación del atraso secular, aún más urgente por la aproximación de una guerra que, por declaración explícita del Mein Kampf, quiere ser una de esclavización y aniquilación: en este marco el terror se funde con la emancipación de nacionalidades oprimidas, aparte de una fuerte movilidad social y el acceso a la instrucción, a la cultura e incluso a puestos de responsabilidad y de dirección de estratos sociales hasta aquel momento completamente marginados. El estímulo productivista y pedagógico y la consiguiente movilidad se dejan notar, para bien y para mal, incluso dentro del Gulag.

El universo concentracionario nazi refleja, sin embargo, la jerarquía de base racial que caracteriza al Estado racial ya existente y al Imperio racial que debe construirse: en este caso el comportamiento concreto de los detenidos cumple un papel irrelevante o casi marginal; y por tanto la preocupación pedagógica carece de sentido. En definitiva; el detenido del Gulag es un “compañero” potencial obligado a participar en condiciones de especial dureza en el esfuerzo productivo de todo el país, y después de 1937 es en todo caso un “ciudadano” potencial, aunque sea ya sutil la línea de demarcación entre enemigo del pueblo o miembro de la quinta columna, que la guerra total que se aproxima o ya ha comenzado exige neutralizar; el detenido del Lager nazi es en primer lugar un Untermensch, marcado para siempre por su nacionalidad o degeneración racial.

Si se quiere buscar una analogía para el Konzentrationslager, es necesario convocar al universo concentracionario que atraviesa en profundidad la tradición colonial (sobre la que Hitler quiere colocarse de manera explícita) y que apunta a los pueblos coloniales o de origen colonial. ¡Aquí tenemos la omisión central de la comparación! En este sentido podríamos hablar del Tercero ausente de la comparativa hoy de moda. Dos ilustres historiadores han definido respectivamente los «campos de
trabajo militarizados» de la India colonial de 1877 y los campos de concentración en los que los libios fueron encarcelados por la Italia liberal, como «campos de exterminio»428. Aunque se considere exagerada esta definición, la lógica y jerarquía racial del Tercer Reich nos remiten de nuevo al universo concentracionario, estando ambas presentes tanto en el Imperio colonial italiano como en los occidentales, al igual que en los campos de concentración construidos por ellos.

Nos vemos impulsados a pensar en el nazismo también cuando leemos las modalidades en las que se perpetran el «holocausto canadiense» o la «Solución final de nuestra cuestión india». La «Comisión de la verdad del genocidio canadiense» habla de «campos de muerte», de «hombres, mujeres y niños» que son «exterminados deliberadamente», de un «sistema cuyo objetivo es el de destruir en su mayor parte al pueblo nativo mediante las enfermedades, la deportación o el mismo asesinato». Para alcanzar este resultado los campeones de la supremacía blanca no dudan en ocuparse también de «niños inocentes», a los que se les da muerte «con palizas o torturas, o después de haber sido deliberadamente expuestos a la tuberculosis y otras enfermedades»; otros sufrirán después la esterilización forzada. Una pequeña «minoría de colaboracionistas» conseguirá sobrevivir, pero solamente después de haber renunciado a su lengua nativa y a su identidad, poniéndola al servicio de los asesinos429. También en este caso se puede presumir que la justa indignación haya contribuido a cargar las tintas; queda claro el hecho de que nos
enfrentamos a prácticas idénticas o similares a aquellas en vigor en el Tercer Reich y puestas en funcionamiento a partir de una ideología similar, una vez más, a la que apoya la construcción del Estado racial nazi.

Desplacémonos ahora al Sur de los Estados Unidos: en los decenios posteriores a la Guerra de secesión, los detenidos negros (la abrumadora mayoría de la población carcelaria) a menudo dados en alquiler a haciendas privadas, eran hacinados en «grandes jaulas con ruedas que seguían a los campamentos de los empresarios inmobiliarios y de las constructoras ferroviarias». En los mismos informes oficiales consta:

[…] «que los detenidos eran excesivamente e incluso cruelmente castigados; que eran miserablemente vestidos y alimentados, que los enfermos eran ignorados, en la medida en que no se había provisto ningún hospital, y se les encerraba junto con los detenidos sanos» Una investigación realizada por el fiscal del estado en el hospital del penitenciario de Mississipi informó de que los carceleros dejaron «en todos sus cuerpos los signos de maltratos más inhumanos y brutales. Muchísimos tienen los hombros rotos, con llagas, cicatrices y ampollas, algunos con la piel cruelmente destrozada a latigazos… yacían moribundos, y algunos de ellos sobre simples mesas, tan débiles y demacrados que sus huesos se entreveían entre la piel, y muchos se lamentaban de la deficiente alimentación […]. Llegamos a ver parásitos vivos arrastrarse por sus rostros, y lo poco que tenían para dormir y cubrirse está hecho trizas y lleno de suciedad». En los campos de mineros de Arkansas y de Alabama a los trabajadores forzados se les hacía trabajar todo el invierno sin calzado, con los pies dentro del agua durante muchas horas. En estos dos Estados incluso se utilizaba el sistema del trabajo a destajo, mediante el cuál un equipo de tres se veía obligado a extraer cierta cantidad de carbón al día bajo pena de una dura fustigación para todo el equipo. A los forzados de los campos de trabajo entre bosques de terebintos, en Florida, con «cadenas en los pies» y «cadenas en la cintura» alrededor de sus cuerpos, se les obligaba a trabajar al trote43o

Estamos en presencia de un sistema que se sirve de «cadenas, perros, látigos y armas de fuego» y que «produce para los prisioneros un infierno viviente». La tasa de mortandad es altamente significativa.

Entre 1877 y 1880, en el transcurso de la construcción de las líneas ferroviarias de Grenwood y Augusta, «murió casi el 45 por ciento» de la fuerza de trabajo forzada allí empleada, «y eran jóvenes en la flor de la vida»431. O también se puede citar otro dato estadístico, relativo al mismo período de tiempo: «En los primeros años en los que Alabama puso en alquiler sus prisioneros, murió casi el 20 por ciento. El año siguiente la mortandad subió hasta el 35 por ciento; en el cuarto año se dejó morir casi al 45 por ciento»432.

Respecto a la tasa de mortalidad, sería interesante una comparativa sistemática de tipo estadístico con los campos de concentración en la URSS y en el Tercer Reich. En lo que respecta al Gulag, se ha calculado que a comienzos de los años treinta, antes de la vuelta de tuerca provocada por el atentado a Kírov y por la intensificación de los peligros de la guerra, la tasa anual de mortalidad «correspondía más o menos al 4,8% de la población media de los campos». Desde luego, este dato estadístico no incluye a los campos de explotación de los yacimientos de oro en la zona del río Kolyma; es necesario además tener presentes las «subestimaciones características de los partes de las secciones sanitarias»; sin embargo, aunque se eleven sensiblemente las cifras oficiales, parece difícil que se pueda alcanzar la tasa de mortalidad que diezmaba a los detenidos afroamericanos antes citados. Por lo demás, son significativas las razones de las «subestimaciones». El hecho es que «altas tasas de mortalidad y evasiones podían llevar a sanciones severas»; «las secciones sanitarias de los campos temían ser acusados de negligencia y de retraso a la hora de hacerse cargo de los enfermos»; «sobre los dirigentes de los campos pendía constantemente la amenaza de inspecciones»433. A juzgar por la tasa de mortalidad de los semi-esclavos dados en alquiler, no parece que una amenaza similar pendiese sobre los empresarios estadounidenses que se enriquecían con la construcción de las líneas ferroviarias de Grenwood y Augusta o con otras empresas. Conviene en todo caso tener clara una cuestión esencial. En el sur de los EEUU los detenidos negros sufren horribles condiciones de vida y de trabajo y mueren en masa en un período de paz: el estado de excepción no cumple ningún papel, y marginal o casi inexistente es también la preocupación productivista. El universo concentracionario del sur de los EEUU reproduce la jerarquía racial y el Estado racial que caracterizan la sociedad en su conjunto: el detenido negro no es
ni un potencial «compañero» ni un potencial «ciudadano»; es un Untermensch. El tratamiento que se le inflige por los blancos es el tratamiento considerado normal en la relación con las razas ajenas a la auténtica civilización. De nuevo nos encontramos con la ideología del Tercer Reich.

Por otro lado, son eminentes historiadores estadounidenses los que comparan el sistema penitenciario apenas citado con los «campos de prisioneros de la Alemania nazi». Y no es casual que los experimentos médicos, llevados a cabo sobre los Untermenschen en la Alemania nazi, en los EEUU hayan sido realizados tomando como conejillos a los negros434. Del otro lado del océano, en los años de Guillermo II, la Alemania colonial e imperialista ha llevado a cabo sus experimentos médicos en África
y con africanos: en esta actividad se distinguen dos médicos que se convierten después en maestros de Joseph Mengele435, que en la Alemania nazi lleva a cumplimiento la perversión de la medicina y de la ciencia ya esbozadas en el transcurso de la traición colonial (europea y americana). No sólo no se puede separar el Tercer Reich de la historia de la relación de Occidente con los pueblos coloniales o de origen colonial, sino que debe añadirse que tal tradición ha continuado dando signos de vitalidad bastante más allá de la derrota de Hitler. En 1997 el presidente Clinton se ha sentido obligado a pedir perdón a la comunidad afroamericana: «En los años ’60 más de 400 hombres de color de Alabama fueron utilizados como cobayas humanas por el gobierno. Enfermos de sífilis, no fueron curados porque las autoridades querían estudiar los efectos de la enfermedad sobre una “muestra de la población”»436.

411 Conquest (2006), p. ix.
412 Mayer (2000), pp. 236-8.
413 Hughes (1990), pp. 212, 226, 230, 244.
414 Cfr. Losurdo (2005), en especial caps. III, § 5 y vil, § 2.
415 Hughes (1990), pp. 546-52.

 (…)

427 Marx, Engels (1955-89), vol. 23, pp. 281-2. 182
428 Davis (2001), pp. 50-1; Di Boca (2006), p. 121.
429 Annett (2001), pp. 5-6, 12 y 16-7. 184
430 Woodward (1963), pp. 206-7.
431 Friedman (1993), p. 95.
432 Blackmon (2008), p. 57.
433 Chlevnjuk (2006), pp. 349 y 346-7.
434 Washington (2007).
435 Kotek, Rigoulot (2000), p. 92.
[436] E. R. (1997); cfr. Washington (2007), p. 184.

————

Extraído del libro sobre Stalin de Domenico Losurdo. Por supuesto no significa que estemos de acuerdo con todo lo afirmado por el filósofo, ni siquiera en muchas partes de este mismo fragmento. Sin embargo, ayuda a contextualizar la situación excepcional en la que se encontraba la URSS, a romper la comparación Hitler-Stalin y a establecer una continuidad, una vinculación directa, entre la política racial de Hitler y la política racial de las “democracias” liberales occidentales.

Como podéis observar aquí, unos presos de un gulag desprovistos de ropa para que murieran de frío de manera planificada:

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