La cuestión femenina y los intereses de clase. Segunda parte.


Lenin recogió el legado de Marx y Engels, pues desde que comenzó su actividad por la revolución, siempre dedicó una prioridad especial a la situación de las mujeres obreras y campesinas, y encontró en su incorporación al movimiento obrero uno de los pilares en su estrategia revolucionaria. Para Lenin, la situación de la mujer trabajadora y la emancipación de la clase obrera eran partes de una misma causa. Lenin fue un acérrimo defensor de la igualdad real que proclamaba la causa socialista frente a la igualdad formal de la burguesía. A este respecto, afirmaba Lenin lo siguiente:

El capitalismo combina la igualdad formal con la desigualdad económica de la que deriva naturalmente la desigualdad social. […] Una de las manifestaciones más flagrantes de la injusticia es la desigualdad de derechos de la mujer frente al hombre. […] Contrariamente, las medidas bolcheviques para erradicar la desigualdad no son medidas adormecedoras, de tutela, sino que, como revolucionarias, nuestras medidas llaman a la mujer a trabajar en pie de igualdad con el hombre por la transformación de la economía y la superestructura ideológica.

Sin duda, las medidas propuestas por Lenin eran, en plena dictadura del proletariado, los cimientos de una futura sociedad completamente igualitaria. Lenin defendía que no podía considerarse que había habido una revolución socialista sin la integración plena de las mujeres trabajadoras, que eran la inmensamayoría de las mujeres. Impulsó, así, su inclusión en la gestión de empresas públicas o en el entramado administrativo del Estado, así como, a un nivel inferior, a que participaran en los Soviets para expresar allí sus inquietudes. En el ámbito económico, Lenin describió la situación de la mujer en el capitalismo, condenada a la doble explotación: la del sistema y la de la esfera doméstica. Entendió que la desigualdad en el salario para la mujer obrera implicaba más plusvalía, ya que ella recibía, como hoy en día sucede también, menos salario que un hombre por elmismo trabajo.Acausa de esta diferencia de salario, los ingresos de una mujer obrera no eran en sí mismos un pilar para mentener a su familia, de modo que se desvalorizaban al considerarse como aporte complementario. La URSS priorizó desde sus inicios la igualdad salarial y la incoporación de la mujer al trabajo colectivo.

Respecto a la esfera doméstica, Lenin ya subrayó que había que librar al máximo a la mujer de la esclavitud del trabajo del hogar. De esta esclavitud, además, Lenin señaló como colaboracionistas directos a los comunistas y, en general, a todo trabajador:

Escarbad en un comunista y encontraréis un filisteo: ¿existe prueba más evidente con que los hombres ven cómo se desgasta la mujer en el trabajo doméstico?

Entre otras medidas, la posibilidad legal del divorcio fue sin duda una de las mayores garantías para su emancipación. Si bien todas estas vías ofrecían más libertad a la mujer, a Lenin jamás se le pasó por la cabeza que la emancipación femenina fuese responsabilidad única de las mujeres: “Si no colaboran con ellas es porque consideran que esto está reñido con el derecho y la dignidad del marido”. Por eso propuso el trabajo educativo entre los hombres, tanto del Partido como entre las masas. La igualdad de la mujer en la construcción del socialismo no podía admitir diferencias por género que perpetuaran los peores vestigios de la vieja sociedad y pusieran trabas, además, al proceso revolucionario. Jamás vaciló a este respecto:

“Nada de organizaciones especiales de mujeres comunistas. La comunista es tan militante del Partido como lo es el comunista, con las mismas obligaciones y derechos. En esto no puede haber ninguna divergencia.”

Muy interesante resulta también –y en especial por los erróneos posicionamientos de los feminismos revisionistas– destacar la posición que Lenin tenía de una de las peores lacras del patriarcado que, en el ámbito de lo social, afectaba a las mujeres: la prostitución. Para Lenin, esta forma de explotación era resultado de “la tremenda miseria y de las humillaciones que sufre [la mujer] bajo el régimen burgués”. Lenin sentía verdadera vergüenza e indignación ante la doble moral burguesa, que hacía ver que luchaba contra la prostitución al tiempo que la alentaba y permitía como factor económico para su lucro. Lenin propuso la reinserción de las prostitutas en el mundo productivo y defendió la integración de no pocos grupos de mujeres de esta condición en los sindicatos, pues solo la organización y la conciencia de clase podía liberarlas de su miseria y hacerles recuperar su maltrecha dignidad.

Fueron muchas las conquistas logradas por la Revolución en pos de la completa transformación de la situación de la mujer y por el avance en su verdadera liberación. La dimensión que alcanzaron sacudió a nivel internacional el atraso de los Estados burgueses al respecto, pues en pocos años se legisló sobre el matrimonio civil, el divorcio –y, si bien tras el divorcio quizá se diese por hecho que la monoparentalidad iba a recaer en la mujer, ésta tenía derecho a demandar del padre alimentos para el sostenimiento de los hijos en caso de divorcio–, el aborto libre y gratuito, los programas de maternidad, la abolición de la exclusión de los “hijos bastardos” o de la ilegitimidad de los hijos de madres solteras, la igualdad salarial y un largo etcétera de medidas que, de buenas a primeras, impulsó Lenin en apenas unos años. En 1919, en el marco de la IV Conferencia a las Mujeres de Moscú, clamaba Lenin:

La cuestión relativa a la situación de la mujer ha sido planteada por el Poder Soviético desde el primer momento […]Ahora podemos decir con orgullo que, exceptuando la Unión Soviética, no existe ningún país en el mundo donde la mujer goce de plena igualdad de derechos y no esté colocada en una situación humillante, particularmente sensible en la vida cotidiana y familiar. Ésta fue una de nuestras primeras y más importantes tareas. […] Sin ellas no habríamos vencido. O difícilmente habríamos vencido.

Una de las mujeres de confianza de Lenin fue Clara Zetkin, militante comunista alemana muy activa y que mostró una fuerte implicación en la organización de las mujeres en sus centros de trabajo o a nivel internacional. De Zetkin no podríamos afirmar que hiciera grandísimas aportaciones teóricas, pues su labor fue más oratoria y de agitación de las masas. A pesar de ello, es necesario separar y seleccionar las tesis más interesantes sobre las que trabajó, a menudo con Lenin, la cuestión de la mujer. Y nos centramos en una tesis central porque podría entonces comenzar a hablarse con propiedad de feminismo socialista: la afirmación de que los intereses de las mujeres
no son homogéneos ni equiparables por su condición sexual o de género, pues dependen completamente de su extracción social.

zetkin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Zetkin, que coincidía plenamente en las posiciones sobre la familia burguesa que tanto Marx como Engels explicaban, sostenía que ésta no era más que un acuerdo económico revestido de la moral burguesa. La mujer de esa familia está totalmente despersonalizada y no cumple con ninguna función: no es esposa – pues el marido generalmente tendría amantes o pagaría prostitutas–, ni madre –pues tendría a otras mujeres obreras supliendo esa función–. Las mujeres burguesas que quisieran autorrealizarse solo tendrían que movilizarse y luchar por la libre disposición de la propiedad. Su interés específico es, pues, luchar por el derecho civil al patrimonio contra los hombres de su propia clase, que se negarían a ceder en tal reivindicación. Este interés es ligeramente distinto en el caso de las mujeres pequeñoburguesas, entre las que, debido a su progresiva proletarización, existe un deseo creciente por el derecho al trabajo. Es por este motivo que su máximo interés, su lucha, será el la consecución del sufragio, interés que entra en conflicto con los hombres de su mismo estrato dado que, de conseguir el sufragio, facilitarían la modificación de la legislación laboral que les permitiría entrar al mercado de trabajo y convertirse, así, en una amenazante competencia para ellos. Pero en el caso de las obreras, sostenía Zetkin que los parámetros con los que medir el conflicto de género eran completamente diferentes. No se podía entender el núcleo familiar como la burguesía lo entendiera, puesto que este núcleo se dinamitaba antes incluso de llegar a conformarse: las mujeres obreras siempre supieron lo que era el trabajo, y también así sus hijos a muy temprana edad. En este sentido, la subordinación a los hombres de su condición de clase era quizás menor, al compartir ambos la explotación de su fuerza de trabajo. La explotación de la mujer es, en la obrera, el capitalismo, pues ni tan siquiera tiene la opción de desarrollar su individualidad como madre o esposa, aunque cumple con tales funciones. Aquí Zetkin se precipitó al no entender la opresión en la esfera doméstica que, de forma residual, sufría la mujer, como ya apuntaron Marx, Engels y Lenin.

No fueron análisis de este tipo los únicos en los que Zetkin, aunque de buen seguro movida por el más noble amor a la causa socialista, erró en el planteamiento. Ella misma, en su recopilatorio de textos en una entrevista a Lenin –La cuestión femenina, 1920-, dio buena cuenta de las impresiones del mismo acerca del tipo de tareas que llevaba a cabo en los centros de trabajo con las obreras, promoviendo más interés por luchas concretas y secundarias que las separaban de la causa proletaria y las acercaban a posiciones aburguesadas e interclasistas, tal como hoy día ocurre también entre los diversos feminismos revisionistas:

Me han dicho que en las veladas de lecturas y discusión con las obreras se examinan preferentemente los problemas sexuales y del matrimonio. Como si este fuera el objetivo de la atención principal en la educación política y en el trabajo educativo. No pude dar crédito a esto cuando llegó a mis oídos. El primer Estado de la dictadura proletaria lucha contra los contra-revolucionarios de todo el mundo… Y mientras tanto, comunistas activas examinan ¡los problemas sexuales y la cuestión de las formas de matrimonio en el presente, en el pasado y en el porvenir!

Lenin repitió una y otra vez el grave error en que incurrían, ya entonces, muchas obreras organizadas al mezclarse peligrosamente con las  mujeres burguesas al tiempo que se alejaban de sus compañeros de clase:

Este respeto enmascarado para con la moral burguesa me repugna tanto como esta pasión por las cuestiones sexuales. Le gusta revestirse de formas subversivas y revolucionarias mientras que esta ocupación es, a fin de cuentas, puramente burguesa. Entregándose preferentemente a los intelectuales y otras capas de la sociedad que están próximas a ellos. No hay sitio para este género de ocupación en el Partido, entre el proletariado en lucha y consciente de su espíritu de clase.

Lenin supo adelantarse a los problemas que el feminismo socialista habría de afrontar a lo largo del siguiente siglo. Problemas que, en el mejor de los casos, intentan resolverse en el ámbito de lo teórico a través del debate y la formación y que, con grandes dificultades a nivel del Estado español, está logrando ejercitarse.

El interés de clase brilla por su ausencia en el feminismo “socialista” actual, y el enfoque no marxista de la cuestión femenina conduce, como apuntaba Lenin, a “que las cuestiones sexuales no sean comprendidas como parte de la principal cuestión social; que, por el contrario, la gran cuestión social misma aparezca solo como parte, como un apéndice del problema sexual. Lo más importante es relegado a un último plano, como algo secundario. Eso no sólo perjudica a la clarificación de la cuestión, sino que oscurece el pensamiento en general, la conciencia de clase de las obreras”. Zetkin no pudo más que darle la razón a Lenin, que muy inteligentemente le formuló una pregunta retórica para luego contestarla implacable:

El sabio Salomón decía ya que cada cosa a su momento. Dígame, se lo ruego, ¿es éste el momento de ocupar a las obreras durante meses enteros para hablarles de la forma en la cual se ama y se es amado, o cómo se engatusa y se deja engatusar en los distintos pueblos, evidentemente, en el pasado, en el presente y en el futuro? ¡Y es a eso a lo que se llama orgullosamente materialismo histórico! […] Este respeto enmascarado para con la moral burguesa me repugna. Le gusta revestirse de formas subversivas y revolucionarias mientras es, a fin de cuentas, puramente burguesa. Entregándose preferentemente a los intelectuales y otras capas de la sociedad que están próximas a ellos. No hay sitio para este género de ocupación en el Partido, entre el proletariado en lucha y consciente de su espíritu de clase.

Es deber urgente de todo comunista y de todo el feminismo socialista, trabajar por la emancipación de la mujer desde las bases que el marxismo dejó preparadas para su análisis y sin distracciones pequeñoburguesas que no hacen más que partir por la mitad a la clase obrera. La emancipación de la mujer requiere un trabajo conjunto que integre y conciencie también a los hombres de nuestra clase, que luche por la construcción de una sociedad donde las relaciones sociales sean completamente libres. Esta meta se concreta, en el socialismo, en una serie de metas imprescindibles, como la desaparición de la organización familiar patriarcal, basada en relaciones autoritarias, abusivas y violentas por definición, que establecen ligazones económicas entre sus miembros. También se entienden como prioritarias las luchas por extender la idea
de socializar el trabajo doméstico o por el igual  acceso a todos los rincones del proceso de producción.

Una vez liberados del yugo del capital, toda la clase trabajadora tendrá la base para la libertad de sus relaciones fuera de todo tipo de dominación. No pretendemos afirmar que los vestigios patriarcalistas desaparecerían al instante, pero sí que la base de su desaparición estaría arrancada. Por aquello de que, no lo olvidemos, el problema debe arrancarse de raíz. Entretenerse en podar la mala hierba en lugar de arrancarla no lleva a ninguna parte. Es necesario que las mujeres y los hombres de la clase obrera establezcamos prioridades también en lo que a emancipación de género respecta. Ya lo dijo elMaestro Lenin, y sigue totalmente aplicable a día de hoy: “Ahora, todos los pensamientos de las obreras deben estar dirigidos hacia la revolución proletaria”.
Marina Roig

podéis descargar la revista completa aquí. 

3 Responses to La cuestión femenina y los intereses de clase. Segunda parte.

  1. Buen documento de los camaradas de RC, que en los próximos días vamos a dar difusión en el blog de ODC. Ánimos y un abrazo a los camaradas de RC.

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