Clásicos: La bancarrota de la II Internacional; por V. I. Lenin.


(…)

Las organizaciones legales de masas de la clase  obrera son tal vez el signo distintivo más importante  de los partidos socialistas correspondientes a la época  de la II Internacional. Las más fuertes eran las del  partido alemán, y fue aquí donde la guerra de 1914-1915 marcó el viraje más profundo y planteó la cuestión de manera más rotunda. Era evidente que el paso a las acciones revolucionarias significaba la  disolución de las organizaciones legales por la policía, y el viejo partido, desde Legien hasta Kautsky inclusive, sacrificó los objetivos  revolucionarios del proletariado al mantenimiento de las actuales organizaciones legales. Por mucho que se quiera negarlo, el hecho está ahí. El derecho del proletariado a la revolución ha sido vendido por el plato de lentejas de unas organizaciones autorizadas por la ley policíaca vigente.

(..)

El folleto de Legien señala que la pandillas de  “líderes” reunidos por él para que escuchasen su  informe, y a los que se titula dirigentes y  funcionarios sindicales, reía a carcajadas al oír esto.  Les pareció risible la idea de que se pudieran y debieran crear organizaciones revolucionarias  clandestinas (igual que durante la Ley de excepción)
en un momento de crisis. Y Legien, fidelísimo perro de presa de la burguesía, se golpeaba el pecho y exclamaba:

“Es una idea a todas luces anarquista:  destrozar las organizaciones para provocar la  resolución del problema por las masas. No me  cabe la menor duda de que es una idea  anarquista”.

“¡Bien dicho!”, gritaba a coro (folleto citado, pág.  37) los lacayos de la burguesía que se titulan líderes  de las organizaciones socialdemócratas de la clase  obrera.

Edificante cuadro. Esta gente ha sido tan  corrompida y tan embrutecida por la legalidad  burguesa que ni siquiera le cabe en la cabeza la  necesidad de otras organizaciones, la necesidad de  unas organizaciones ilegales que dirijan la lucha  revolucionaria. Esta gente ha llegado a imaginarse  que los sindicatos legales, existentes por gracia de la  autorización policíaca, representan un límite, más  allá del cual no se puede pasar; que se puede  concebir, en general, el mantenimiento de esos  sindicatos en época de crisis como sindicatos  dirigentes. Ahí tienen la dialéctica viva del  oportunismo: el simple crecimiento de los sindicatos  legales, la simple costumbre de unos filisteos algo obtusos, aunque concienzudos, de no hacer más que  llevar libros de contabilidad, ha tenido por  consecuencia que en el momento de la crisis estos  concienzudos filisteos se han convertido en unos  traidores, en unos tránsfugas, en unos  estranguladores de la energía revolucionaria de las  masas. Y esto no ha ocurrido por azar. El tránsito a la  organización revolucionaria es una necesidad, lo exige el cambio de la situación histórica, lo reclama  la época de las acciones revolucionarias del  proletariado; pero este tránsito sólo es posible si se  salta por encima de los antiguos líderes,  estranguladores de la energía revolucionaria, si se  salta por encima del viejo partido, destruyéndolo.  

Pero los filisteos contrarrevolucionarios, como es  natural, claman: “¡anarquismo!”; igual que clamaba  “anarquismo” el oportunista E. David cuando  arremetía contra Carlos Liebknecht. Por lo visto, los  únicos socialistas honrados que quedan en Alemania  son los dirigentes a quienes los oportunistas acusan
de anarquismo…

Tomemos el ejército moderno. Es buen ejemplo  de Organización. Y esta organización es buena  únicamente porque es flexible, a la vez que sabe dotar  a millones de hombres de una voluntad única. Hoy  estos millones de hombres están en sus casas, en  distintos lugares del país. Mañana, a la orden de  movilización, se reunirán en los puntos señalados.  Hoy están en las trincheras, en las que a veces pasan  meses enteros. Mañana, agrupados de distinta  manera, irán al ataque. Hoy hacen milagros,  ocultándose de las balas y de la metralla. Mañana  harán milagros, combatiendo a pecho descubierto.  Hoy sus destacamentos de vanguardia colocan minas  bajo tierra; mañana avanzarán decenas de kilómetros,  siguiendo las señales que les hacen los aviadores  desde el aire. Esto es lo que se llama una  organización, cuando en nombre de un objetivo,  animados por una voluntad, millones de hombres  cambian las formas de sus relaciones y de sus  acciones, cambian el lugar y los métodos de su  actividad, cambian los instrumentos y las armas de  acuerdo con el cambio de las circunstancias y de las  exigencias de la lucha.

Lo mismo podemos decir de la lucha de la clase  obrera contra la burguesía. Hoy no existe una  situación revolucionaria, no hay condiciones para la  efervescencia de las masas, para el incremento de su  actividad; hoy le ponen a uno en la mano la papeleta  electoral: tómala, aprende a organizarte para golpear  con ella a tus enemigos y no para enviar al  Parlamento a unos prebendados que se aferran al  escaño por temor a la cárcel. Mañana te quitan la  papeleta electoral y te ponen en la mano un fusil y un  excelente cañón de tiro rápido, última palabra de la  técnica: toma estos instrumentos de muerte y  destrucción, no prestes oído a los jeremías  sentimentales que temen la guerra; en el mundo aún  quedan demasiadas cosas que deben ser destruidas  por el hierro y el fuego para emancipar a la clase  obrera, y si en las masas crecen la ira y la  desesperación, si hay una situación revolucionaria, prepárate para crear nuevas organizaciones y para  poner en juego esos instrumentos tan útiles de muerte  y destrucción contra tu gobierno y tu burguesía.

(…)

Para un socialista no puede haber más que una  conclusión: el legalismo puro, el legalismo exclusivo  de los partidos “europeos” ha caducado y se ha  convertido, en virtud del desarrollo capitalista de la  fase preimperialista, en la base de la política obrera  burguesa. Este legalismo debe ser complementado  con la creación de una base ilegal, de una  organización clandestina, de una labor  socialdemócrata ilegal, sin rendir al mismo tiempo ni  una sola posición legal. La experiencia demostrará  cómo debe hacerse esto: lo que hace falta es que haya  deseos de emprender este camino y conciencia de su  necesidad. Los socialdemócratas revolucionarios de  Rusia demostraron en 1912 1914 que este problema  puede ser resuelto. El diputado obrero Muránov –el cque mejor se portó ante el tribunal y fue deportado por el zarismo a Siberia- mostró con toda claridad  que, además del parlamentarismo ministerial (desde  Henderson, Sembat y Vandervelde hasta Südekum y  Scheidemann, también perfectamente  “ministeriales”, ¡sólo que no se les deja pasar de la  antesala!), existe también el parlamentarismo ilegal y  revolucionario. Los Kosovski y los Potrésov pueden  entusiasmarse con el parlamentarismo “europeo” de  los lacayos o conformarse con él; nosotros no nos cansaremos de repetir a los obreros que este legalismo, que esta socialdemocracia de los Legien,  de los Kautsky y de los Scheidemann no merece más  que desprecio.

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