Clásicos: ¿Qué hacer? La espontaneidad de las masas y la conciencia de la socialdemocracia


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Hemos dicho que es preciso infundir a nuestro pueblo movimiento, muchísimo más vasto y profundo que el de los años 70, la misma decisión abnegada y la misma energía que entonces. En efecto, parece que nadie ha puesto en duda hasta ahora que la fuerza del movimiento contemporáneo reside en el despertar de las masas (y, principalmente, del proletariado industrial), y su debilidad, en la falta de conciencia y de espíritu de iniciativa de los dirigentes revolucionarios.

Sin embargo, en los últimos tiempos se ha hecho un descubrimiento pasmoso que amenaza con trastrocar todas las opiniones dominantes hasta ahora sobre el particular. Este descubrimiento ha sido hecho por R. Dielo, el cual, polemizando con Iskra y Zariá, no se ha limitado a objeciones parciales, sino que ha intentado reducir “el desacuerdo general” a su raíz más profunda: a “la distinta apreciación de la importancia comparativa del elemento espontáneo y del elemento “metódico” consciente”. R. Dielo nos acusa de “subestimar la importancia del elemento objetivo o espontáneo del desarrollo”. Respondemos a esto: si la polémica de Iskra y Zariá no hubiera dado ningún otro resultado que el de llevar a R. Dielo a descubrir ese “desacuerdo general”, ese solo resultado nos proporcionaría una gran satisfacción: hasta tal punto es significativa esta tesis, hasta tal punto ilustra claramente el fondo de las actuales discrepancias teóricas y políticas entre los socialdemócratas rusos.

Por eso mismo, la relación entre lo consciente y lo espontáneo ofrece un magno interés general y debe ser analizado con todo detalle.

 

Comienzo del ascenso espontáneo

En el capítulo anterior hemos destacado el apasionamiento general de la juventud instruida de Rusia por la teoría del marxismo, a mediados de los años 90. Las huelgas obreras adquirieron también por aquellos años, después de la famosa guerra industrial de 1896 en San Petersburgo, un carácter general. Su extensión a toda Rusia patentizaba cuán profundo era el movimiento popular que volvía a renacer; y puestos a hablar del “elemento espontáneo”, es natural que precisamente ese movimiento huelguístico deba ser calificado, ante todo, de espontáneo. Pero hay diferentes clases de espontaneidad. En Rusia hubo ya huelgas en los años 70 y 60 (y hasta en la primera mitad del siglo XIX), acompañadas de destrucción “espontánea” de máquinas, etc. comparadas con esos “motines”, las huelgas de los años 90 pueden incluso llamarse “conscientes”: tan grande fue el paso adelante que dio el movimiento obrero en aquel período. Eso nos demuestra que, en el fondo, el “elemento espontáneo” no es sino la forma embrionaria de lo consciente. Ahora bien, los motines primitivos reflejaban ya un cierto despertar de la conciencia: los obreros perdían la fe tradicional en la inmutabilidad el orden de cosas que los oprimía; empezaban… no diré que a comprender, pero sí a sentir la necesidad de oponer resistencia colectiva y rompían resueltamente con la sumisión servil a las autoridades. Pero, sin embargo, eso era, más que lucha, una manifestación de desesperación y de venganza. En las huelgas de los años 90 vemos muchos más destellos de conciencia: se presentan reivindicaciones concretas, se calcula de antemano el momento más conveniente, se discuten los casos y ejemplos conocidos de otros lugares, etc. si bien es verdad que los motines eran simples levantamientos de gente oprimida, no lo es menos que las huelgas sistemáticas representaban ya embriones de lucha de clases, pero embriones nada más. Aquellas huelgas eran en el fondo lucha tradeunionista, aún no eran lucha socialdemócrata; señalaban el despertar del antagonismo entre los obreros y los patronos; sin embargo, los obreros no tenían, ni podían tener, conciencia de la oposición inconciliable entre sus intereses y todo el régimen político y social contemporáneo, es decir, no tenían conciencia socialdemócrata. En este sentido, las huelgas de los años 90, aunque significaban un progreso gigantesco en comparación con los “motines”, seguían siendo un movimiento netamente espontáneo.

Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que s necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc.. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían la intelectualidad burguesa. De igual modo, la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia independiente por completo del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e ineludible del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas. Hacia la época de que tratamos es decir, a mediados de los años 90, esta doctrina no sólo era ya el programa, cristalizado por completo, del grupo Emancipación del Trabajo, sino que incluso se había ganado a la mayoría de la juventud revolucionaria de Rusia.

Así pues, existían tanto el despertar espontáneo de las masas obreras, el despertar a la vida consciente y a la lucha consciente, como una juventud revolucionaria que, pertrechada con la teoría socialdemócrata, pugnaba por acercarse a los obreros. Tiene singular importancia dejar sentado el hecho, olvidado a menudo (y relativamente poco conocido), de que los primeros socialdemócratas de aquel período, al ocuparse con ardor de la agitación económica (y teniendo bien presentes en este sentido las indicaciones realmente útiles del folleto, Acerca de la agitación, entonces todavía en manuscrito), lejos de considerarla su única tarea, señalaron también desde el primer momento las más amplias tareas históricas de la socialdemocracia rusa, en general, y la tarea de dar al traste con la autocracia, en particular. Por ejemplo, el grupo de socialdemócrtas de San Petersburgo que fundó la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera, redactó ya a fines de 1895 el primer número del periódico titulado Rabóchei Dielo. Completamente preparado para la imprenta, fue recogido por los gendarmes, al allanar éstos el domicilio de A. A. Vanéiev, uno de los miembros del grupo, en la noche del 8 de diciembre de 1895. De modo que el R. Dielo del primer período no tuvo la suerte de ver la luz. El editorial de aquel número (que quizá alguna revista como Rússkaya Starina exhume de los Archivos del Departamento de Policía dentro de unos treinta años) esbozaba las tareas históricas de la clase obrera de Rusia, colocando en primer plano la conquista de la libertad política. Luego seguían el artículo ¿En qué piensan nuestros ministros?, dedicado a la disolución de los Comités de Primera Enseñanza por la fuerza de la policía, y diversas informaciones y comentarios de corresponsales no sólo de San Petersburgo, sino de otras localidades de Rusia (por ejemplo, sobre la matanza de obreros en la provincia de Yaroslavl). Así pues, si no nos equivocamos, este “primer ensayo” de los socialdemócratas rusos de los años 90 no era un periódico de carácter estrechamente local, y mucho menos “económico”; tendía a unir la lucha huelguística con el movimiento revolucionario contra la autocracia y lograr que todos los oprimidos por la política del oscurantismo reaccionario apoyaran a la socialdemocracia. Y cuantos conozcan, por poco que sea, el estado del movimiento de aquella época, no dudarán que semejante periódico habría sido acogido con toda simpatía tanto por los obreros de la capital como por los intelectuales revolucionarios y habría alcanzado la mayor difusión. El fracaso de esta empresa demostró únicamente que los socialdemócratas de entonces no estaban en condiciones de satisfacer la demanda vital del momento debido a la falta de experiencia revolucionaria y de preparación práctica. Lo mismo cabe decir de Sankt-Petersburgski rabochi Listok y, sobre todo, de Rabóchaya Gazeta y del Manifiesto del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, fundado en la primavera de 1898. Se sobreentiende que no se nos ocurre siquiera imputar esta falta de preparación a los militares de entonces. Mas, para aprovechar la experiencia del movimiento y sacar de ella enseñanzas prácticas, hay que comprender hasta el fin las causas y la significación de tal o cual defecto. Por eso es de extrema importancia hacer constar que una parte (incluso, quizá, la mayoría) de los socialdemócratas que actuaron de 1895 a 1898 consideraba posible, con sobrada razón ya entonces, en los albores del movimiento “espontáneo”, defender el programa y la táctica de combate más amplios****. La falta de preparación de la mayoría de los revolucionarios, fenómeno completamente natural, no podía despertar grandes recelos. Dado que el planteamiento de las tareas era justo y que había energías para repetir los intentos de cumplirlas, los reveses temporales eran una desgracia a medida. La experiencia revolucionaria y la habilidad de organización son cosas que se adquieren con el tiempo.¡Lo que hace falta es querer formar en uno mismo las cualidades necesarias! ¡Lo que hace falta es tener conciencia de los defectos, cosa que en la labor revolucionaria equivale a más de la mitad de su corrección!

Pero la desgracia a medias se convirtió en una verdadera desgracia cuando comenzó a ofuscarse esa conciencia (que era muy vía entre los militantes de los susodichos grupos), cuando aparecieron hombres, y hasta órganos socialdemócratas, dispuestos a erigir los defectos en virtudes y que incluso intentaron argumentar teóricamente su servilismo y su culto a la espontaneidad. Es hora ya de hacer el balance de esta tendencia, muy inexactamente definida con la palabra “economismo”, término demasiado estrecho para expresar su contenido.

 

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