Carta de otro represaliado del 14N(Galiza)


¡Salud, compañeros!

Quiero informaros de que la represión del Estado contra quien le hace frente de verdad sigue y aumenta. Esta vez me tocó a mí, una vez más. El martes 5 de febrero fui detenido por dos agentes del Cuerpo Nacional de Policía a las 13.50, cuando salía de un supermercado de Compostela, lo cual supuso la confirmación de mi sospecha: que la policía, fiel a las órdenes de su amo burgués, sigue todos mis pasos desde hace tiempo. Lo único que me comunicaron fue que estaba detenido por desórdenes públicos, sin especificar cúando, dónde y cómo, según ellos, cometí tales desórdenes. En el momento de mi detención solicité que me enseñasen bien sus placas, a lo cual se negaron. Sin más, me metierom en el coche camino de la comisaría del CNP en Compostela. Allí permanecí encerrado en el calabozo nº 2, que no se caracteriza por su amplitud, el resto del día, sin saber bien por que estaba allí y sin poder comunicarme con el exterior.

El miércoles comienza con la llegada de mi abogada, compañera de la Confederación Nacional del Trabajo, en la que milito yo también. Delante de ella, un indivíduo que debe de ser el jefe de la Brigada de Información en Compostela, me comunica que estoy acusado de daños y desórdenes públicos ocurridos durante la jornada de Paro General del pasado 14 de noviembre. Estos daños y desórdenes consistirían, según ellos, en la rotura de cristaleras de distintas surcursales bancarias de Compostela. Una vez más, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado defendiendo a los bancos, los mismos que desahucian a cientos de familias cada día con la decisiva colaboración de sus agentes. El de la Brigada de Información me informa de que quieren registrar mi vivienda de Compostela y que si lo consiento y ayudo a dar información sobre ciertas personas (no me especifican cuales), todo será más fácil y rápido. Como no podía ser de otra manera, me niego en absoluto a ayudarles en su trabajo sucio, con lo cual proceden a solicitar al poder judicial la autorización para efectuar el registro. Durante el tiempo que dura el trámite y aceptación de tal petición, vuelvo a ser encerrado en el calabozo hasta las 14.00 aproximadamente, hora en la que me llevan hasta mi casa. Al salir del coche, puedo observar el desproporcionado dispositivo policial. El espectáculo está listo: varios coches y furgones policiales junto a mi portal, 12-15 agentes fuera (la mayoría con la cara tapada), los vecinos allí reunidos sin entender nada… y lo más importante para mí: compañeros de mi sindicato y de otras organizaciones allí presentes mostrándome todo su apoyo y solidaridad. Suben hasta mi piso, abren la puerta y comprueban que está dentro uno de mis compañeros piso, que queda perplejo ante tal disparate. Proceden a entrar en mi dormitorio: violando por completo mi intimidad, analizan todas mis pertenencias y se llevan con ellos distintas prendas de ropa, casi la mitad de mi escaso fondo de armario, viéndome obligado yo ahora a poner dinero en renovarlo por el capricho de estos perros a sueldo del Estado. También me quitan una bandera anarcosindicalista, mi carné de afiliado a la CNT y diverso y abundante material escrito: panfletos de distintas organizaciones políticas y colectivos sociales, manuscritos míos de contenido político… igual que cuando no hacía falta maquillar esta dictadura fascista (aunque su precario maquillaje se estea cayendo a pedazos en los últimos tiempos) para hacerla pasar por democracia burguesa. Una vez que tienen todo lo que quieren, salimos todos y vuelvo a ser dirigido a la comisaría y encerrado en el calabozo, hasta las 19.00, cuando por fin salgo para pasar a disposición judicial. Encerrado de nuevo en el calabozo (esta vez en el del juzgado), espero hasta las 20.30 aproximadamente; toca declarar ante el juez. Después de mi declaración, se decide ponerme en libertad con cargos, estando ogligado a comparecer en el juzgado los días 1 y 15 de cada mes, hasta que salga el juicio. Esperando para declarar ya puedo oír los gritos de apoyo de mucha gente consciente y solidaria en la entrada del juzgado. Finalmente al salir, puedo ver ante mí a decenas de personas esperando por mi puesta en libertad. Mi agradecimiento a todas ellas no puede ser mayor y así se lo hago saber. Acostumbrado a ser yo un partícipe más de las masas solidarias, cuando la solidaridad va dirigida hacia mí, no puedo despegarme de una sensación de extrañeza y, al mismo tiempo, de emoción.

Mi secuestro acaba por fin, después de 31 horas interminables. A la alegría por estar fuera hay que sumarle ahora el análisis: por qué se accede al registro de mi casa ante una acusación tan común y tan falta de cimientos sólidos? Por qué soy retenido durante tantas horas a pesar de que mi caso era llevado por el juzgado de guardia? … La respuesta a todas estas cuestiones puede ser resumida así: el Estado español, tiende siempre a querer dar escarmiento a todos los sectores combativos de la sociedad, infundir miedo en todos sus individuos; para eso necesita de vez en cuando montar un numerito de éstos, y más en Galiza, con la conflictividad social en aumento y cada vez más visible, igual que la represión. De todas maneras, cada vez que el Estado responde con algo semejante, confiesa una vez más que que le estamos haciendo daño, cada vez más daño. Esto quiere decir que el camino está marcado igual que lo estuvo siempre: la lucha en la calle y en los centros de trabajo y la acción directa siguen siendo el único camino para destruir el Capitalismo y su Estado, y de sus ruinas construir la sociedad sin clases y sin autoridad, el Comunismo Libertario.

Por último, tan sólo volver agradecer la solidaridad y el apoyo recibido. Por más que lo repita, no será suficiente.

Siempre al servicio de la clase trabajadora, D.S.A.

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